Booktrailer "La gran paroniria"

10.4.14

Relato XXXIV --- Soldbuch von Teufel

Soldbuch von teufel



Para invocar a un demonio necesitas saber qué nombre tiene.

William Gibson




Internet era un Potosí.
Al menos, esa conclusión extraía Lucas Becerril.

El alopécico contable disfrutaba desde hacía años de las ganancias que, cual pescador, recogía de la red.  Apasionado de la numismática y del coleccionismo de antiguallas, Lucas había
pergeñado una estructura de mercado basada en el comercio de segunda mano, que zigzagueaba como un habilidoso futbolista la perniciosa entrada del IVA y de otros impuestos añadidos.  Comenzó vendiendo su sobrante de monedas romanas y visigodas en la madre de las páginas de subastas: Ebay.
Y lo cierto es que el beneficio despertó su interés como comprador, ya que en ese formato de subasta se podían conseguir auténticas gangas que luego podrían ser vendidas en otro mercado por un precio mucho mayor. Entonces, comenzó a comprar toda clase de artículos que su intuición les infería mucho más valor que el precio marcado por la subasta de último minuto. Desde sellos a fotos firmadas; desde monedas hasta exóticos minerales; desde libros antiguos hasta extrañas filacterias de personalidades ya fallecidas. La intuición del contable no fue para nada espuria, y Lucas vio crecer su cuenta corriente. Y durante el último lustro, tal menester fue el más apasionado y a la vez lucrativo hobby que tuvo en su vida.
Hasta el día en que recibió su última “ganga”. Desde ese día, Lucas hubiese preferido ni tan siquiera haber nacido.
Tras otro jueves laboral más de otra desidiosa semana más, el talludo vecino del primero introdujo la llave en el buzón cuando las campanas de la iglesia cercana repiquetearon dos veces.  En su interior había dos notificaciones de correos.  Eso significaba que su madre no había ido hoy a limpiar la casa. El principio de Alzheimer parecía llevar ya buen recorrido, y por eso no maldijo a su desvencijada progenitora por no haber recogido el correo certificado. Sin ese principio en su madre, sin duda lo habría hecho.  Recogió los amarillentos papeles de la empresa nacional de reparto. Y fue al cerrar la portezuela cuando un sobre descolorido y granuloso se precipitó contra el mármol del portal.
Lucas se agachó y recogió el sobre del gélido suelo. Advirtió el tacto áspero del mismo, y además; percibió una extraña sensación que jamás había experimentado en sus cuatro décadas de experiencia sensorial. Tras serenar sus desbordados sentidos, ojeó el apretado sobre por ambos lados, dándole la vuelta una y otra vez.
En la cara frontal aparecía su nombre con una delicada caligrafía. Los puntos sobre las letras parecían indicar que se había utilizado una pluma estilográfica para marcar los datos del destinatario. La cara trasera del  sobre carecía de inscripciones o símbolos. Si no fuera porque ni siquiera había signos de franqueo, tampoco sería nada anormal encontrar algo así en un buzón. Lo que ocurría es que Lucas sólo utilizaba el correo certificado, tanto a la hora de enviar como de recibir artículos. Por tanto, aquello debería tratarse de publicidad, o de alguna invitación ridícula para asistir a un estúpido gimnasio. Pero aquella sensación no se acababa de disipar.
Subió velozmente los dieciocho escalones que lo separaban de su vivienda y una vez en el interior, cerró con un estruendoso portazo. Lucas ni lo escuchó. Estaba inmerso en elucubraciones.
No podía ser. Físicamente era imposible.
La subasta había finalizado hacía dieciséis horas y el artículo estaba en San Petersburgo.
En los segundos que tardó en abrir el sobre bajo los candorosos  focos de la cocina, recordó con toda precisión algo que de tan rutinario, había olvidado a la mañana siguiente.  Y era la victoria en una subasta sobre un objeto que creía muy interesante. Un “Soldbuch”.
En la página del artículo aparecía la fotografía de una especie de libreta o cartilla militar de un soldado alemán que participó en el mayor conflicto bélico de todos los tiempos: La segunda guerra mundial. Y Lucas sabía que los pocos artículos con esvásticas que quedaban eran sinónimo de ubérrimos beneficios. Antes de pujar buscó información sobre el precio de este tipo de antigüedades belicosas; y se pagaban varios cientos de euros por los “soldbuchs” de oficiales del ejército, de las SS o de personas allegadas a los altos cargos del deleznable régimen nazi. Y como suponía, eran artículos en constante alza. Pujó con dos miserables euros, y sorprendentemente, nadie más entró en la pelea. La gente se espantaba por los gastos de envío, pero Lucas no dudo en pagar una veintena de euros más para tenerlo en su casa mediante entrega certificada.
Esa era la primera cuestión disonante. Aquel sobre no podía contener “aquello” porque “aquello” debería llegar por correo certificado, además de en un mínimo de siete u ocho días, y con sus respectivos franqueos soviéticos.
Los dedos despegaron con facilidad la solapa del sobre, y después pinzaron y extrajeron el contenido de su interior. Efectivamente, se trataba de una libreta con el lomo grapado.
Un águila sostenía entre sus garras el símbolo más repudiado por el hombre en la historia de la humanidad. Aquellas líneas malditas, que formaban ángulos rectos, con los que los budistas premiaron al Sol, convirtiéndolo en el símbolo del esplendor, el símbolo del Astro Rey.
Debajo, un nombre que era ilegible si no se miraba con atención. Mas Lucas estaba demasiado nervioso para prestar atención a nada.
Al fin y al cabo… ¿Qué diferencia hay entre ver un fantasma y vivir un momento de implausibilidad física de un suceso tan normal como recibir un sobre por correo desde Rusia, sin franqueo, y en menos de una rotación terrestre? La mente racional del contable entendía que si algo era físicamente imposible y ocurría, era porque uno de esos factores que daba por supuesto, no era en realidad así. Si no había franqueo, no podía venir de Rusia. Y mucho menos en tan pocas horas.
Por tanto, Lucas dejó la cartilla encima de la mesa de la cocina y corrió raudo hacia el salón. Encendió el ordenador portátil y tras pocos segundos, esperó a que el navegador cargara la web de subastas. Iba a averiguar qué tipo de broma era aquella, y quién demonios se la estaba gastando.
Tras introducir su contraseña, el nerviosismo dio paso a la ira, de forma sutil, como si un transistor que controla el peor de los sentimientos humanos se hubiese conectado de forma invisible a su integridad mental. Ebay respondía con un mensaje:

“El usuario que ha introducido no existe”

Tras varios intentos infructuosos, blasfemó con gravedad por primera vez en mucho tiempo.
De las blasfemias pasó a los aporreos con los puños sobre la mesa. Ni con el crujido de los cristales, tras comprobar que no podía entrar ni tan siquiera en su correo electrónico, detuvo su empecinamiento en obtener respuestas de lo que había encima de la mesa en donde comía desde hacía tantos años. Sólo se detuvo cuando agarró el ordenador portátil, y sin tan siquiera cerrarlo, lo lanzó hacia la gran pecera de doscientos litros. Aunque no era tan contundente como para partir el fuerte cristal, algunas piezas del teclado saltaron hacia la superficie del agua, hundiéndose y alterando brevemente la miserable existencia de media docena de peces con extravagantes colores, formas y nombres que convivían plácidamente en el líquido elemental.
La ira sólo se detuvo cuando fue cazada y devorada por su único depredador. El terror.
Y éste azotó a Lucas cuando abrió la vetusta libretilla; como si hubiese sido noqueado por Pacquiao. Sólo faltole caer, pero sus reflejos lo aposentaron en una de las sillas.
No hay forma de describir lo que pasó por su cabeza cuando los nervios ópticos enviaron allí los datos de la imagen recibida, pero podría asemejarse a lo que ocurre cuando estalla una supernova en una lejana galaxia. Si el asunto de la distancia y el tiempo eran infactibles… ¿Qué explicación racional existía para que su cara estuviese en la fotografía de identificación del “Soldbuch”?
Centrada tras la página siguiente a la portada, fijada mediante dos grapas y sellada con la tinta azul ilegible de algún tampón con forma circular, aparecía lo que debería ser un oficial, con la inconfundible doble “S”, lleno de condecoraciones en lo que se veía de uniforme militar. Era fácil describir la cara de la imagen si se conocía a Lucas Becerril, porque cualquier persona que no estuviera ciega le reconocería de inmediato. No sólo eso. Mostraba una enorme sonrisa. Tan enorme, que Lucas ni siquiera la había contemplado en un espejo. La calva brillaba ante la iluminación y tenía cierta viveza capilar bajo las cejas, como las suyas. Los ojos entornados pero bien abiertos eran iguales que los que observaba cada vez que veía su imagen reflejada, y no trasmitían nada, por penetrante que fuese la mirada. Aunque la fotografía fuese en escala de grises, la concomitancia de los detalles era asombrosa. Incluso el poblado vello de las pituitarias conferían la realidad de su presente, ya que no utilizaba aquel ridículo artefacto para recortarlo (que por supuesto, fue adquirido por internet) desde hacía semanas.
Si no fuera porque guardaba un viejo ordenador de torre en un armario para tales trastos quasiarcaicos, Lucas no hubiese podido acceder a la red. Necesitaba imperiosamente saber quién era el vendedor, entre otras cosas.  Tras varios minutos de imprecisiones en el simple montaje, el ordenador arrancó. El tiempo de espera hasta que apareció el escritorio fue sensiblemente superior a la del malaventurado portátil. Accedió nuevamente a su navegador e intentó entrar en Ebay. Nuevamente, se le comunicaba mediante un escueto mensaje que el usuario no existía. Tras varios intentos infructuosos, agarró el teléfono y marcó el servicio de atención al cliente.  Y aunque su estado era más calmado, tras diez minutos de mensajes impertinentes de espera, lanzó el pequeño teléfono inalámbrico contra la pared. Esta vez, pequeños fragmentos del mismo bombardearon una gran parte del salón, y las tranquilas aguas de la pecera volvieron a ondear. El propio Lucas se echó las manos a la cabeza tras ser consciente de su acción… pero lo cierto es que esa tarde parecía que la consciencia no era más que otro chiste verriondo del Señor Barragán.
Retornó al ordenador temblando. Y con esa misma inconsistencia en sus dedos, abrió el objeto que de forma tan vehemente había quebrado su rutina.  Aunque la vista se atraía hacia la foto, como si fuesen polos opuestos, Lucas trató de centrar su atención en los datos que aparecían en la siguiente página de aquel extraño e inverosímil documento.
Luther von Berlepsch debía de ser el nombre de aquel tipo. No sólo aparecía en aquella página. También aparecía en forma de firma bajo la foto. También aparecía el nombre de Ausburg;  e imaginó que era el lugar de residencia o nacimiento. Lo siguiente eran una serie de fechas que oscilaban entre 1940 y 1944. En las siguientes páginas aparecían datos más concretos de fechas y lugares geográficos.  Los más comunes eran anotaciones de Treblinka y de Austwitchz en las primeras páginas. Luego, variaban en cada línea. De no ser por el asunto de la fotografía y del método de recepción, Lucas estaría emocionado por tal adquisición. Aquel documento debería valer miles de euros si eran ciertas sus anotaciones, puesto que debió pertenecer a algún pez gordo del infausto tercer reich.
Pero su incredulidad crecía por momentos cuando se preguntaba así mismo si no era más que simple casualidad que aquel nombre guardase relación con las iniciales del suyo propio.
Tras no obtener respuesta por parte del navegador, apagó el monitor y abandonó el salón.
Tampoco había prisa por averiguar quién era L.B. Guardaría sus menesteres de contable durante la mañana siguiente y dedicaría el día en la oficina a descubrir las incógnitas que emanaban de aquella libreta. Tomó dos pastillas de valeriana, barrió los restos del teléfono y evaluó los daños en el portátil como graves. Además de las piezas del teclado, la pantalla se había partido por varios sitios. Lo tiró directamente a la basura. Ya compraría otro por internet. O quizás iba siendo hora de ir a un centro comercial de los de verdad.

Tras dar de comer a los peces, se quedó dormido en el sofá mientras Discovery Max insistía con uno de esos programas estúpidos sobre individuos que pujan por basura guardada en trasteros abandonados.

************

Observaba como la lluvia golpeaba lateralmente los cristales del vehículo en el que viajaba.  Sin duda, era una noche poco apacible. El conductor hablaba de forma extraña con el acompañante. Sin embargo, aunque parecía no entender las palabras, su mente captaba con toda la claridad la conversación. Se jactaban de cuantas mujeres habían “cogido” aquella tarde.  La persona que iba a su lado iba comentando algo sobre las molestias que aquellos tipos causaban. También discutían sobre si era mejor huir hacia Venezuela o hacia Chile.  En ese momento observó como una hilera casi infinita de gente se perdía por ambos laterales del camino tanto hacia adelante como para atrás. Algunos iban desnudos. Había mujeres. Había niños. Varios soldados armados custodiaban la formación de la hilera. Incluso golpeaban a los empapados componentes de las filas. Intentó hablar, preguntar quién era esa gente y a donde se dirigían. Pero como si de una orden se tratase, el tiempo se adelantó, y Lucas se vio en el interior de un enorme barco. Desde la cabina de mando observaba como centelleaban decenas de aviones en el cubierto y nocturno cielo.
Luego vinieron las explosiones. Tras ellas, todos en la cabina estaban esparcidos por el suelo, gritando. Estaban cubiertos de sangre, cristales y agua marina. Lucas atravesó la puerta abierta y llegó a un gran pasillo por el que se encontraban esparcidas por el suelo varias víctimas en partes irreconocibles. Al final del pasillo encontró la cubierta del barco´. El espectáculo era horripilante, ya que cientos de personas acababan de recibir fuego directo de la aviación. El barco comenzó a ladearse y vivos y muertos cayeron al agua. Lucas gritó.

************

Gritó tanto que se despertó minutos antes de que la alarma del teléfono móvil lo hiciera. Estaba empapado en sudor.  Miró en derredor confuso hasta que se cercioró de que estaba en su salón, como todas las mañanas. Pocas veces despertaba con recuerdos tan vívidos de los sueños, y desde que tenía pañales no había sufrido una triste pesadilla. Lo de esa noche se parecía bastante a tener una pesadilla.
El Soldbuch estaba tal donde lo había dejado la noche anterior. Y ahí se quedó hasta que antes de partir hacia la oficina, Lucas lo metiera en su maletín.
El trayecto de veinte minutos en transporte público que lo separaba del Paseo de la Castellana de Madrid fue tan tranquilo y bullicioso como cualquier viernes. Aunque esta vez, Lucas se sentía observado. Tenía la leve sensación de que la gente lo evitaba. Incluso que era el objeto de los cuchicheos de las personas de su alrededor. Se mantuvo durante todo el trayecto con la vista dirigida hacia el suelo del tren ligero.
Una vez en la oficina, sita en una de las últimas plantas del edificio más alto de la ciudad (y a la postre, de toda la nación), el contable inició el moderno ordenador de sobremesa. Cerró la puerta con el pestillo y se apresuró a abrir el navegador. Rápidamente entró en la página web de Ebay. Pero el renuente mensaje volvía a aparecer en el monitor de la oficina. Quizás Ebay se había “caído”. Reinició el navegador y utilizó Google para buscar el nombre que tenía grabado en la mente: Luther von Berlepsch.
Y su nerviosismo se agravó al no encontrar ni un solo resultado similar. Pero un contable sabía encontrar información si la buscaba con el ímpetu necesario. En la red no había nada. ¿Lo habría en la subred?
Lucas había leído en una revista reciente sobre esa zona de internet totalmente anónima y llena de las mayores vergüenzas de la humanidad como son las webs “onion”.  Incluso había descargado e instalado el software que permitía navegar por ese mar oculto e insondable; por curiosidad, para matar esos ratos libres y tediosos en la oficina que de vez en cuando surgían. Pero ni siquiera llegó a ejecutarlo nunca. Sabía que esa parte de internet estaba plagada de cosas deleznables que con solo visionar, lo incriminaría a uno en un crimen.
Decidió que había llegado el momento de arriesgarse.
Tras dos horas de trabajo encontró un resultado con lo que buscaba. En una página de material censurado de los nazis aparecieron varios registros sobre bajas militares que habían sido escaneados por alguien.
El nombre aparecía como baja/desaparecido en el hundimiento de un buque llamado Capitán Arcona.
Mariscal L. von Berlepsch, supervisor directo de la operación.

Su pulso fue acelerando tan rápido como concomitaba el sueño reciente con aquella información. Bien podría afirmarse que los efímeros recuerdos de su pesadilla lo hicieron sumirse en un profundo estado de ansiedad. ¿Había visto en un sueño un fragmento del pasado? Los siguientes minutos los pasó leyendo la desafortunada historia del navío.
El 3 de mayo de 1945, en la bahía de Lübeck, un capitán inglés inició el bombardeo, poco después del medio día. Fallecieron casi cinco mil personas, siendo un noventa por ciento de ellas integrantes de campos de concentración. Habían recorrido a pie centenares de kilómetros en las llamadas “marchas de la muerte” para morir en el mar, dentro de un barco atestado de desdichados prisioneros. Los países aliados acallaron el suceso y a nadie más le importó el asunto durante las décadas siguientes.
Extrajo temblando el Soldbuch. Debería aparecer el nombre de tal barco en la libreta, probablemente en su parte final. Pero lo abrió por la portada y sus ojos deseaban salir de sus órbitas; su alma deseaba abandonar su cuerpo.
La expresión del rostro que mostraba aquella fotografía había cambiado.
Ya no era una sonrisa.
Era un rostro serio.  Solemnemente lúgubre. Unas enormes ojeras caían en cascada desde unos ojos tan vidriosos como lechosos.
Tras cinco segundos que parecieron milenios, Lucas corrió hacia la puerta trasera. Lo invadieron unas terribles ganas de vomitar.
Bajó dos pisos a través de las escaleras de emergencia y entró en los baños de la cafetería.
Sin detenerse un instante, vomitó  sobre una taza abierta un líquido grumoso y oscuro consistente en café y pedazos de donuts mascados y a medio digerir.
Consumó la émesis fraccionada en varias y dolorosas contracciones.  El ruido de la cisterna activada tras la primera tanda amortiguó el rugido de las siguientes.
Lucas se reincorporó tras su genuflexión ante el retrete y limpiose las fauces con un trozo de papel higiénico. Tras varios segundos de pausada respiración, caminó hacia el espejo.
El rostro era idéntico al recién descubierto en aquel libro maldito. Intentó gritar de pánico. Pero en lugar de eso, sonrió. Una sonrisa enorme, que jamás había contemplado en un espejo. Sólo en una fotografía tamaño carnet.
Antes de que la sonrisa se dibujase completamente, Lucas Becerril perdió el conocimiento.

************

Jamás nada volvió a ser rutinario para Lucas Becerril.  Cada minuto que pasaba, descubría un nuevo horror en el que enfrascarse.  Pasó de encontrarse frente a un espejo de la oficina, a tener que batallar contra los elementos para salvar su vida. Nadó y nadó, hasta la extenuación. Y cuando llegó a tierra, un golpe con una culata de arma lo sumió en una inconsciencia tan dolorosa como verdadera. No pudo calcular cuánto tiempo estuvo viajando con los ojos vendados, pero debieron de ser varios días. A él le parecieron semanas. Cuando fueron retiradas las vendas,  se descubrió entre la multitud maloliente y herida de una gran plaza. Centenares de individuos se lamentaban, la gran mayoría aposentados en el suelo. Las calles estaban repletas de viandantes que escupían y gritaban a la multitud congregada en el centro de la plaza. Lucas comprobó que estaban encerrados tras un vallado, y se horrorizó ante la posibilidad de estar en alguna plaza de una capital soviética. Desafortunadamente, descubrió por las conversaciones entre los capturados de alrededor de que estaban en Moscú.
Formaba parte de un grupo de prisioneros de guerra, capturados por las tropas de Stalin.
Aquello debía de ser un sueño. Pero lo cierto es que jamás despertó de él.
Horas después, unas sirenas les anunciaron que había que comer. Fueron obligados a beber un caldo que debía de haberse preparado mediante la cocción de coles podridas, lo cual otorgaba al brebaje unas potentes propiedades laxantes.  Tras ingerir semejante porquería, los millares de capturados fueron obligados a caminar. Pocos minutos pasaron hasta que la vía pública se inundó de excrementos.  Lucas sufrió una crisis de ansiedad y comenzó a gritar. Quería despertar de aquel maldito sueño. Y profiriendo gritos incomprensibles, se salió del grupo, defecando mientras gritaba.  Escuchó tras de sí un par de disparos. Cuando le impactaron en el torso, el dolor fue tan intenso que el anhelo de despertar desapareció.  Ni siquiera pudo pensar en ello. Un soldado ruso esparció sus sesos por la calzada moscovita tras dispararle en la cabeza a bocajarro.

************

L.B. guardó el Soldbuch en un sobre, escribió los datos del destinatario, y embarcó desde una terminal privada del aeropuerto de Barajas hacia Roma. Antes del anochecer, cogió un taxi y se apeó en una calle con el nombre de algún artista del renacimiento.  Se detuvo ante la puerta de una vivienda baja. Introdujo el sobre silenciosamente en el buzón. Sin mirar hacia atrás, desapareció en la oscuridad del callejón, y no volvió a ver la luz del sol hasta que todos hubiesen regresado; hasta que se completase el advenimiento.
Se había plantado la semilla que entregaría los mismísimos frutos del infierno. Y nadie ni nada iba a impedir su proliferación.

Bueno, quizás pueda impedirlo usted, amigo lector...  ¿Tiene cuenta en Ebay?




5 comentarios:

  1. muy bueno Pedro! me gusta la magia "negra" que recobran los objetos en el relato. impecable.

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  2. excelente como siempre!! me alegra mucho que hayas vuelto a la contienda!!

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  3. Me has enganchado como siempre querido Máster... soy un viejo amigo, Gamberro, nos conocemos desde aquellos lejanos tiempos en que ambos publicábamos en la página de nuestros algo trasnochados "amigos" de "somos leyenda", con los que ambos tuvimos nuestros más y nuestros menos. Veo que sigues un tanto cabreado con la humanidad. La verdad es que siento que esos enojosos editores no sean capaces de apreciar tu talento. Es lo que tiene ser pobres, querido amigo... Si fuera rico estaría encantado de convertirme en tu mecenas, que a mí la fama y los ambientes de la jet set me ponen a cien... ;) Pero, mientras tanto, nos tendremos que conformar con tener salud, que al fin y al cabo es lo más importante... Besos y apapachos

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    1. Muchas gracias, Gamberro. Un placer leer que sigues por aquí...

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  4. Se nota que hace tiempo ya que no escribo, que me he comido unos cuantos signos de puntuación, por lo que quiero pedir disculpas a todo inteligente lector que pulule por aquí... Gamberro

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