Booktrailer "La gran paroniria"

21.8.13

Tritón --- Capitulo 9







Capítulo 9




La sede de la WCA, instalada en 2079 cerca de Uagadugú; era un hervidero de científicos que deambulaban de un lado a otro transportando y desencriptando información. La mayoría de datos procedían del radiotelescopio del Desierto del Sahara. El artefacto, compuesto por millones de romboides de metro y medio cuadrado, era el engranaje vital de la radioastronomía de finales del siglo XXI. Y también era, por supuesto, uno de los órganos principales de la misión que tenía detenida y consternada a toda la comunidad científica internacional.


Más de dos mil egregios especialistas trabajaban sin descanso desde que la Mariner 100 se encaminó hacia Tritón. Físicos de todas las nacionalidades se daban cita en las reuniones que cada día tenían lugar tras la rutinaria recuperación de datos. Centenares de matemáticos estudiaban la misteriosa señal que desde hacía ya tres meses, reverberaba en las láminas de oro sintético que cubrían casi medio millón de kilómetros cuadrados de arena sahariana. Tal era la carga de trabajo sobre la nueva misión en Tritón, que tan sólo se mantenía a una docena de científicos cuyo cargo principal era escuchar a los Xplore-X. Los cálculos indicaban que tras alcanzar las tres sondas el 99% de la velocidad de la luz, a mediados de 2079; el primero en llegar a su objetivo, el Xplore-X Alpha, lo haría cerca del 19 de Noviembre de 2083. No obstante, la agencia no tenía especial interés en este proyecto, ya que no recibirían información sobre el sistema estelar hasta cuatro años después — el tiempo que tarda la información en recorrer el camino de vuelta hacia La Tierra —, por no hablar de los casi doce años que restaban para poder analizar los datos de los Xplore-X Beta y Gamma. Hasta comienzos del siglo XXII, no se pretendían lograr descubrimientos importantes, tal y como se planeó en el proyecto inicial. Eso hasta que el Artemisa captó la cuarta y enigmática señal. El 90% de los científicos del mundo estaban entretenidos desde hacía tres meses gracias al novedoso satélite artificial.
Y no fue hasta las 19:37; hora local en Nueva Burkina, del día 17 de octubre de 2083; cuando la señal cambió.
Los científicos, ajenos a que la tripulación de la Mariner 100 se hallaba muy cerca de obtener respuestas concluyentes; recibían por primera vez las imágenes de la tripulación pisando el suelo tritoniano.

A la par que el matemático Brahe informó al resto de la tripulación del cambio en la señal, los científicos terrestres comenzaron a recibir tal variación. Las casi cuatro horas y quince minutos de diferencia parecían no existir. Sin embargo, todos allí eran perfectamente conscientes de que lo que veían no era más que el pasado de aquella tripulación. No había forma humana de saber que acontecía en el momento a casi cuatro mil quinientos millones de kilómetros.


***


            —¿Cree que puede explicarnos la relevancia de esa señal, señor Brahe?

La pregunta que lanzó el comandante tenía más de imperativo que de interrogante.

El Path-X avanzaba sigiloso hacia el objetivo señalado por la instrumentación, y en su interior, todos aguardaban la respuesta del matemático, que tardó varios segundos en comenzar a hablar:

            —Verán… la primera señal tenía una latencia de ochocientos ochenta y cinco pulsos cíclicos por minuto. Cada pulso tenía una posible varianza de diez lapsos de duración.
—¿Uno por cada dígito? ¿Está diciendo que es una composición decimal?— terció un circunspecto Park Chong.
—Exacto. Es una señal que nos está enviando una combinación de números, una cantidad, una configuración aritmética o serie… Imagino que en La Tierra estarán dando vueltas a cualquier opción lógica o razonable.
—Sin embargo usted no está en la Tierra — importunó Ray —. Me apostaría… ¿Un par de pastillas de efedrina?— esperó una aquiescencia que brilló por su ausencia— a que usted sabe más que los matemáticos de La Tierra.
—Como les iba diciendo, en la base de la WCA dan vueltas a la cuestión desde que yo mismo localicé el patrón en el que encajaba la remisión gravitónica. Lo hice computando los dígitos obtenidos de la señal, buscando algún paralelismo con alguna regla o ley matemática. Al no encontrarla, dejé trabajar a un algoritmo que ideé en mis tiempos de estudiante para cotejar centenares de millones de decimales en productos de raíces y divisiones. Por suerte, pocos días de computación después, encontré el mismo patrón en el resultado de la raíz cuadrada de un entero cuya procedencia parecía carecer de misterio.
—A ver… ¿Está sugiriendo que la señal es idéntica al comienzo de un número irracional obtenido a través de la raíz cuadrada de un entero? — Park Chong parecía sobreexcitado tras la escafandra — Eso es formidable. Pienso que sería la prueba irrefutable de que existe otra especie inteligente.
—¿De qué número se trata, señor Brahe?— indagó Sonya, avezada conversadora cuando existía tal ocasión.

Tras manipular el dispositivo portátil que acompañaba al matemático, Mark Brahe envió al HAS central la secuencia numérica


20408163265306122448979591836734693877551

—Es decir, que la señal; si no le he entendido mal —participó Ray, en un tono de total seriedad, mientras estudiaba detenidamente la cadena— es similar a los primeros ochocientos ochenta y cinco dígitos del resultado de la raíz cuadrada de este número.

—Parece usted haberlo entendido a la perfección, Doctor Gordon.

Desde hacía años nadie le llamaba Doctor. Aunque poseía dos doctorados, nunca le gustó tal denominación. Si hubiese sido una conversación privada, habría apercibido a su interlocutor. Pero los demás participantes hiciéronle olvidar la cuestión con celeridad.

—La gran cuestión es…¿Tiene algo de especial ese número?preguntó un hasta ahora silencioso Ruslan.
    —Me temo que la señal tiene bastantes cosas “especiales”—replicó el matemático de a bordo.
—En realidad mi compañero hijo de la gran Rusia se refería al número que nos acaba de mostrar. Pero ya que lo dice…¿Por qué no nos habla de todo lo que sabe, misterioso capullo? — preguntó Jim Terbak, azuzado por la insatisfacción en la cara del comandante.
—Sólo he hallado la matriz de la señal en una operación bastante sencilla. En la división de la unidad en cuarenta y nueve partes. El número periódico resultante es idéntico a la cantidad que genera el irracional.
—¿Qué les dije?  Cuarenta y nueve es el resultado de elevar siete al cuadrado— subrayó Park Chong — No puede ser casualidad la implicación de números primos. Sin duda, estamos ante algo colosal para el devenir humano.
—Puede que esté en lo cierto, Señor Chong. Pero lo realmente sorprendente es el descubrir un número cuyo resultado sea el de la señal. ¿Nos mostrará tan interesante cifra, Doctor Brahe?— solicitó la galena de la tripulación.
 —Soy Catedrático. No Doctor.

Tras un par de movimientos táctiles, una cortina de dígitos verdosos se contoneó hasta detenerse y formar una imagen casi geométrica:


142857142857142857142.8571428571428571428570714285714285714285714285714285714285714285
53
571428571428571428571428571428571428571
4196
4285714285714285714285714285714285714285
15624
9999999999999999999999999999999999999
609374
999999999999999999999999999999999999
70703124
9999999999999999999999999999999999
769810267
85714285714285714285714285714285
69558279854910
71428571428571428571428571428
415570940290178
571428571428571428571428571
2960924421037946
42857142857142857142857142
74272918701171874
9999999999999999999999999899
88803863525390624
99999999999999999999999
11439418792724609374
9999999999999999999999
2092805249350411551339
2857142857142857142
785978104387010846819196
428571428571428571
36407837138644286564418247767
85714285714285
12626078112849167415073939732
142857142857
08895485731773078441619873046874
99999999999
50353158055804669857025146484374
9999999999
54076671201619319617748260498046874
9999999


Todos los presentes quedaron boquiabiertos, observando la señal plasmada en el papel virtual que sustituía a la anticuada celulosa.  Mark Brahe continuó:

— Como ven, parecen existir subsecuencias en la propia secuencia. Aunque es un número que hemos podido extraer desde hace un siglo, con la llegada de la informática; no acabamos de descubrirlo hasta ahora, que encontramos una simetría perfecta con la candencia de la señal estudiada.
—Parece tener algún contenido, sin duda—espetó el surcoreano. —Yo mismo veo patrones claros, como las cadenas de nueves, la precedencia de un cuatro antes de cada una de estas cadenas… incluso es evidente que la sangría del número, productora de tal simetría, es concordante con los cambios de patronización observados en los dígitos.
—Aún así —continuó Mark Brahe— solo poseíamos esa información. Se ha intentado cambiar a todas las bases numéricas conocidas esta cifra; incluso se han probado bases innovadoras en ella. Ninguna conclusión. Ningún mensaje cifrado. Pero en estos momentos la situación cambia. Desde hace siete minutos y medio, mi instrumentación está analizando la nueva señal, cuya transcripción parece ser idéntica en metodología a su predecesora. En breve tendré la información sobre ella. Y algo menos de cuatro horas y media después, esta será percibida por los sistemas de telecomunicación radioespacial terrestres. Es probable que con los datos que se obtengan de esta “actualización”, se puedan aportar respuestas que aún no tenemos. Mas nadie puede asegurar que la segunda señal no sea tan confusa e inútil como la primera.

El Path-X ascendía un pequeño peralte y en sólo treinta metros se detendría. La tripulación debatía acerca de la intrigante señal.

A un kilómetro de distancia, Nicolás Duque aguardaba la orden para incorporarse a la expedición que se internaría en la mácula de Moëbius, una vez que la revisión de rutinas del microordenador central había finalizado.
Antes de abandonar por última vez el puesto de mando, se detuvo ante la solemnidad de “La gran mancha Oscura” neptuniana. Las difuminadas y violáceas nubes exteriores se arremolinaban a una velocidad perfectamente visible, en las que Nicolás pudo discernir como centelleaban decenas de relámpagos con tonalidades variopintas, siempre dentro de la gama del azul omnipresente.
 Ahora que “La gran mancha roja” joviana llevaba desaparecida casi quince años, aquella turbulencia en la que regocijaba la vista, era la Reina de los fenómenos atmosféricos planetarios. Del tamaño del planeta Tierra, aquella depresión atmosférica contenía los vientos más viscerales medidos jamás en un astro. Con velocidades de casi dos mil quinientos kilómetros por hora, estos vendavales hipersónicos provocaban inmensas tormentas eléctricas, convirtiéndose de facto en el espectáculo más embriagador de todo el Sistema Solar ante los ojos de cualquier mortal que tuviese la infinita fortuna de poder contemplarlo.
Ya uniformado, descendió a la sala de carga y colocose el minúsculo Jet-Pack que en menos de un minuto le llevaría con el resto del grupo.

Con el control de la Mariner 100 repartido entre el ordenador central, las naves escolta y el chip de meitnerio en el dispositivo corporal del Teniente Nicolás Duque; la compuerta exterior se abrió.

Como un teleférico sin correas ni cabina, el último tripulante flotó en el cielo tritoniano y descendió frente al Path-X cuando el comandante Gleen pisaba por segunda vez el suelo del Mar de Caronte.
Ante ellos, una gruta de no más de tres metros de ancho y dos de alto se internaba en aquel material obsidianado y metálico que parecía guardar un secreto inenarrable.
Cuando el último tripulante — Ray Gordon — descendió del vehiculo oruga, todo el grupo observó la tétrica entrada. Todos menos Mark Brahe.
Acababa de desencriptar la nueva señal.

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