Booktrailer "La gran paroniria"

30.3.13

Tritón --- Capítulo 8







Parte II


Anfítrite








"El cosmos es todo lo que es, todo lo que fue y todo lo que será. Nuestras más ligeras contemplaciones del cosmos nos hacen estremecer: Sentimos como un cosquilleo nos llena los nervios, una voz muda, una ligera sensación como de un recuerdo lejano o como si cayéramos desde gran altura. Sabemos que nos aproximamos al más grande de los misterios" 


Carl Sagan, Cosmos





Capítulo 8

El vehículo oruga se desplazaba de forma automátizada hacia el norte, a través de la gélida manta de polvo de olivino y silicio que cubría toda la depresión. No serían necesarios más de siete minutos para llegar ante la pared de casi cien metros de altura que impediría continuar por ahí. En el amplio compartimento interior, la tripulación guardaba silencio, expectante y exultante al mismo tiempo. Serían los primeros seres humanos en pisar un satélite de Neptuno. Los primeros en hollar un satélite distinto al terráqueo en 114 años; después de que Neil Armstrong hiciese lo propio para entrar en la historia. Todos los allí presentes experimentaban sensaciones similares a las que le recorrieron por el cuerpo al histórico astronauta americano, más de un siglo atrás. Incluso el rudo Comandante Jack Gleen guardaba silencio.
Retrocedió al pasado, y se encontró a sí mismo, mucho más joven.


Esta vez iba enfundado en una indumentaria mucho más pesada. Portaba un traje especial de protección nuclear. La escafandra se ahumaba cada vez que exhalaba la mezcla de gases que ascendían por un tubo espinal. El vehículo en el que iba dentro se desplazaba también mediante un sistema oruga, que aplastaba la negruzca arena del desierto del Gobi, maltratada por la acción del armamento atómico. En vez de dispositivos científicos, el futuro comandante espacial iba cargado de armas. De armas, y de rencor. Se observó a sí mismo contemplando una foto de sus padres, aquella que portaba en un pequeño medallón de plata.  Gleen despertó de sus recuerdos a la vez que ambos vehículos detuvieron su marcha.
A siete metros del desnivel, el Path-X sin conductor se detuvo.
—Bien, ya saben lo que venimos a hacer. Cumplan con los protocolos establecidos y comprueben los indicadores de sus indumentarias y de sus instrumentos.
Tienen diez segundos para activar sus dispositivos de seguridad craneales.

Raymon Gordon hinchó sus pulmones con el agradable oxígeno un par de veces más hasta que abrió los ojos. La rampa de salida del vehículo descendía lentamente.
Frente a él se encontraba Sonya, que contemplaba anonadada el ignoto paisaje que se descubría tras la apertura total.
Casi un tercio del firmamento estaba cubierto de la majestuosa mole azulina que era Neptuno, difuminado y translúcido en algunas zonas de la atmósfera, donde había nubes de gases helados. El lejano Sol refulgía, aunque no dañaría la vista; ni observándolo a través de unos prismáticos se mostraría más grande que una miserable mandarina.
La superficie era salina, suavemente ondulada, sin perturbaciones ni accidente alguno en su morfología. A casi un kilómetro descansaba la Mariner 100, anclada gravitacionalmente de forma invisible, escoltada por dos naves de asistencia, suspendidas a diez mil metros de altura. El Teniente Duque era el único miembro de la tripulación que aguardaría en la nave, monitorizando todos los procesos y efectuando las labores de mantenimiento y de guiado del vehículo oruga.
El primero en salir fue el comandante, que comprobó minuciosamente todos los datos sobre el terreno que iban recopilando los dispositivos corporales. La temperatura era de 99 grados Kelvin, la prevista para las zonas iluminadas de Tritón. El viento soplaba hacia el oeste a menos de dos kilómetros por hora. La ínfima fuerza de la gravedad se confirmaba en 0,78 metros por segundo al cuadrado, casi trece veces menor que en la lejana Tierra. Aquellos trajes se habían probado en laboratorios con condiciones mucho más temerarias que la presente en el satélite neptuniano. Por tanto, consideró seguro comenzar a investigar sobre el terreno. A eso habían venido, al fin y al cabo.

—Todo correcto.

La tripulación comenzó a salir.

Raymon fue el penúltimo en pisar el suelo tritoniano. El tacto de sus pies le invitaba a pensar que se encontraba encima de un colchón relleno de arena de playa. Pero su mente no podía atender tales bicocas. Permanecía totalmente subyugada ante el panorama que se descubría ante sus ojos. Jamás antes experimentó una sensación similar, consistente en un amalgama de agorafobia y de aquiescencia existencial; en un frenético ser o no ser ante la magnanimidad de lo que hasta ahora consideraba fundamental: el Universo.
Tras varios segundos de reticencia a volver en sí, Ray miró en derredor. Tras de sí se encontraba la mácula Moebius. Había que alzar la vista para poder adivinar el final de aquel muro homogéneo, tan perturbador en la cercanía como en la distancia aérea.
Park Chong manipulaba un instrumento que disparaba haces de partículas que enviaban de vuelta todo tipo de información geológica y morfológica de aquel accidente geomórfico tan común en Tritón y tan insólito en el sistema solar. Estudiar aquel astro era el culmen de la carrera de cualquier geólogo planetario.
Los datos que iban llegando al procesador central apuntaban novedades sorprendentes.
La mácula estaba formada por una aleación de tungsteno, hierro, níquel, iridio, carbono y osmio. Por supuesto, jamás se había encontrado en ninguna exploración una composición similar. Y ello entusiasmó al surcoreano. Era una prueba fehaciente de que el origen de Tritón estaba muy lejos del lugar en donde finalmente había acabado. Quizás de mucho más lejos de lo que nadie pudiera imaginar.
El comandante Gleen manejaba en un HAS un radar magnetométrico que recibía señales de miles de nanopartículas disparadas hacia la gigantesca estructura que formaba la mácula. Éstas rodeaban el accidente geográfico y trazaban un mapa superficial de todo sobre lo que circunscribían. Trataba de encontrar alguna hendidura o paso por donde acceder. Si la señal provenía de allí, debería de haber alguna entrada para acceder al interior.
El resto de la tripulación cumplía con sus cometidos establecidos en la calma total que representaba aquel lugar.
Ruslan y Jim se afanaban en recoger muestras del suelo; y Sonya obtenía datos sobre la atmósfera y registraba temperaturas mínimas con un termómetro láser.
Ray se extasiaba haciendo fotografías a través del dispositivo de su escafandra, y aunque hubiese aceptado cualquier otra labor — para las que por supuesto no estaba preparado — , ninguna habría sido acogida con tan buen gusto como ésta.
Uno de los primeros regalos en su infancia fue la cámara foto-holográfica con la que tomó decenas de miles de archivos visuales que aún guardaba en la casa familiar de Fajardo. En Puerto Rico había paisajes indescriptibles, pero no tan embriagadores como los que Ray registraba en ese momento. En la última instantánea que obtuvo, apareció el dorso de Markus Brahe, que permanecía observando los dispositivos especiales de su brazo izquierdo.

—La señal ha cambiado.

La voz del matemático rebotó en todas y cada una de las escafandras de los allí presentes, que detuvieron sus quehaceres e intercambiaron miradas.

—¿Qué significa que la señal ha cambiado?— preguntó Gleen
—Significa que desde el mismo momento en el que usted pisó el suelo, la candencia de la señal gravitónica ha variado. A mi entender, significa que lo que quiera que sea que está emitiendo esa señal, sabe que vienen los invitados.
—¿Está insinuando que la señal es o está siendo manejada por algo con inteligencia?— terció Ray.
—Eso, o que ésta es cíclica y acaba de cambiar por que sí. Pero no tenga ninguna duda de que estos ritmos no son causa del azar. Como tampoco puede serlo la forma en la que esta se transmite.
Ray experimentó un estupor que lanzó ese clamor agorafóbico que le azotaba desde que había llegado allí. ¿Estaría en lo cierto aquél conspicuo científico? ¿Qué demonios ocurría? Sonya se había colocado a tan sólo medio metro de él, y eso le tranquilizó nuevamente. Todos los exploradores se reunieron en torno a Brahe.

—Es como si el “mensaje” hubiera cambiado. Lástima que no tengamos capacidad de entender ese “mensaje”.La señal proviene del interior, a una distancia de entre uno y dos kilómetros— sentenció el matemático.
 —Entonces tiene que haber una entrada por algún sitio, ¿Verdad,comandante?— participó Jim.
En ese momento, Gleen obtenía el mapeado exterior completo.

—Señores, a tan sólo ciento veinticinco metros hacia el oeste existe una cavidad que parece internarse en esta mole de mierda. Por tanto, regresen al vehículo. Nos vamos de excursión.









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