Booktrailer "La gran paroniria"

27.9.12

Tritón --- Capítulo 7







Capítulo 7





Raymon estaba desnudo, frente al espejo.

Sus ojos aparecían lechosos, contraídos ante los poderosos lúmenes que ofrecían los diodos de magnesio existentes en el lavabo. Su piel albayaldada contrastaba en exceso con el vello del torso, dándole un aspecto de auténtico muerto con vida. Alzó el brazo con intención de tocar con el dedo índice en el espejo, cuando la puerta se deslizó.

Allí estaba Sonya.

También se mantenía desnuda.

Sus perfectos y voluptuosos pechos provocaron que Ray sufriera una rápida erección.

Sonya sonreía mientras caminaba hacia él.

No había palabras, ni siquiera sonido alguno. Sólo movimiento.

Sonya se arrodilló frente a Ray y agarró el tenso miembro.

A continuación, lo lamió y metió en su boca.

Ray gemía, pero no escuchaba ningún sonido.

Sólo seguía observando su rostro ante el espejo.


Cuando las ojeras que presenciaba en su imagen fueron tan exageradas como ostras, agachó de nuevo la mirada.

Ya no era Sonya la que le estaba practicando una felación.

Era el anciano catedrático el que absorbía con fuerza dolorosa de su ya flácido pene, sujetado por unos metacarpos carentes de ningún tejido que no fuese óseo.

Raymon gritó. Gritó tanto que despertó, extrapolando su alarido de terror onírico al plano real. Al plano de la Mariner 100.

Y así lo encontró Sonya frente al espejo. Gritando.

—¿Ray? ¿Estás bien?

La miró desorientado. Frotose las sienes y los ojos con fuerza, hasta que estuvo totalmente cerciorado de que vivía despierto.

—¿Estás bien?—insistió la fémina.

—Sí. Pero no sé qué ha pasado. Es como si me hubiese quedado dormido frente al espejo, no sé cuanto tiempo llevo aquí.

—Has entrado aquí hace doce minutos, Ray— explicó Sonya tras mirar uno de los indicadores temporales de su traje. — Es probable que estés sufriendo paroniriosis estásica.— el semblante de Ray hizo que Sonya lo tranquilizara.— Es algo normal en tu primera estasis. El líquido de drenaje contiene tuyonas, que son las que pueden provocan desórdenes paroníricos. Por eso te ofrecí la efedrina antes. Es algo que paraliza esos efectos. Imagino que ahora si querrás un comprimido— y extrajo de uno de los bolsillos un pequeño sobre de plástico con varias pastillas dentro.

—Dame un par de ellos.

***

El informe que había recibido contenía la totalidad de datos recibidos por el Artemisa desde el día se su puesta en funcionamiento. Y efectivamente, no había que ser más que estudiante de física básica para saber que esas longitudes de onda eran producidas exclusivamente por un artefacto que el ser humano había fabricado hacía no más de una década. ¿Cómo demonios era posible que una fuente que no había sido fabricada en la Tierra emitiese tal sinfonía cuántica, tan inconfundible?

Fuera lo que fuese, provenía de un lugar llamado Moebius Maculae, en un punto cercano al polo norte magnético del satélite de Neptuno.

Las “máculas” se descubrieron por primera vez en Europa, uns de las mayores lunas jovianas. Eran regiones oscuras que se detectaron en varias superficies planetarias heladas.

Su composición fue un misterio hasta que una sonda a mediados del siglo en curso detectó que las encontradas en las lunas jovianas eran conglomerados de carbono y metales ligeros, aunque su variedad era tan particular como la zona donde estuvieran enclavadas.

La mácula de Moebius ocupaba una extensión de cerca de cuatro kilómetros cuadrados, y tenía una forma que se antojaba excepcionalmente geométrica para Ray, ya que parecían dos circunferencias “perfectas”, una superpuesta en el centro de la otra.

Pero... ¿Cómo demonios era posible que desde allí se emitiera ninguna señal? ¿No era terreno yerto y congelado? ¿Estaría el emisor en la superficie? Porque si no lo estaba...¿Quién lo soterró, o protegió, o escondió, o...?

Las interrogantes de Ray se amontonaban una sobre la otra en una pila de prioridades, anulando la última a la anterior.

Y en la superficie quedó la más tortuosa de ellas... ¿Era cierto que la señal tenía un ritmo, era cierto que pudiera guardar un mensaje?

Ray no pudo seguir pensando sosegadamente, ya que la voz del comandante atronó en cada una de las dependencias de la escasa tripulación.

“En menos de quince minutos tienen que estar en la zona de seguridad. Vamos a tomar contacto con Tritón”

*****

Sonya Hutson no sólo era doctora en medicina general. También en astrofísica.
A sus cuarenta y un años, era una de las mujeres con más unidades astronómicas a sus espaldas; y estaba muy cerca de ser la que más viajes espaciales había emprendido en toda la historia de la humanidad.

Participaba activamente en los diseños y mejoras de los dispositivos que se utilizaban en los trajes protectores, y su contribución a la estasis prolongada fue crucial. De nacionalidad holandesa pero de padres irlandeses, fue seleccionada para el grupo del comandante Gleen por unanimidad europea.

El último viaje a Marte había supuesto una tarea rutinaria. Abastecer de medicinas y ácido fórmico a un puesto de control habitado en el radiotelescopio de magnétares, ubicado en la caldera del gigantesco volcán marciano. Coser y cantar, en el argot estelar.

Pero esto escapaba de su monotonía.

Sobre todo por las condiciones extremas, tanto del periodo de hibernación (el más largo experimentado por ella), como las del satélite en el que aterrizarían. Los trajes de protección soportarían temperaturas de hasta veintinueve grados Kelvin, muy por debajo de los cerca de ochenta existentes en la superficie tritoniana. La presión atmosférica se había calculado en unas setenta mil veces menor que en la Tierra. 

El secretismo de la misión tampoco la ofrecía buenas vibraciones. Pero entendía que si lo que el Artemisa reflejaba era cierto, aquella investigación podría suponer el descubrimiento más importante de la historia de la humanidad.

Además... estaba aquel americano que tanta curiosidad la había despertado. El apuesto científico con el que ya se había cruzado tantas veces le atraía como ningún otro hombre lo había hecho... fuera del planeta Tierra.

La voz robotizada del comandante rebotó en todas las superficies del laboratorio médico. Sonya supervisó por última vez el nivel de agua protonizada del depósito de los trajes y autorizó la carga automática. Acto seguido, abandonó el laboratorio, rumbo a la sala de carga. No esperaba encontrase en la puerta a aquel científico con gafas.

*****

—Me preguntaba si tienen nicotina a bordo— quasi-susurró aquel hombre cuyo nombre no recordaba Sonya.
— Me temo que no — contestó; tratando de ser amable, disimulando el pequeño susto que la presencia de aquel tipo, que ahora recordaba como matemático, la había suscitado.
—¿Sabe? Nunca pensé que aguantaría tanto tiempo sin fumar un solo cigarrillo. Y resulta que llevo casi dos meses sin tocar una de esas mierdas enrolladas en cilindrín. Antes de dormir me fumé dos cajetillas…
—Debería probar a dejar tan nefasto hábito.
—Si la digo la verdad, dudo mucho que regresemos a la Tierra. Por tanto, no dude que si usted no tiene nicotina, dejaré de fumar para siempre.

Sonya sonrió. Aunque en su interior, algo se congeló. El rostro de aquel hombre no le inspiraba ninguna confianza. Los ojos que observaba empequeñecidos tras aquella antigualla de pasta y cristal parecían transportar directamente a la desolación más infausta.

—Oiga… ¿Ha tenido usted pesadillas estando despierto? ¿Nota alguna sensación extraña en la cabeza? Puedo darle unos comprimidos que le evitarán…

Mark Brahe alargó el brazo de inmediato, para evitar que Sonya sacase el comprimido.
La médico se estremeció ante la velocidad, sobre todo, ante el roce de aquella mano fría y eléctrica.

—Solo la aceptaré nicotina.

Volvieron a cruzar profundas miradas. Sonya cortó el telón:

—Será mejor que nos reunamos con los demás en la sala de seguridad. En breve entraremos en fase de aterrizaje.

—Detrás de usted.

Sonya caminó con más sosiego cuando el surcoreano confluyó en el pasillo central. Era el cuarto viaje en el que trabajaba junto a aquel científico.

*****

Park Chong era fiel a sus costumbres ancestrales.

Descendiente de un superviviente de la ocupación japonesa del siglo XX, toda su familia se había dedicado a la práctica y enseñanza del Hapkido.

Su vocación científica no le impedía meditar y entrenar una hora diaria. Tampoco sus
casi seis décadas de edad.

Después de analizar el informe, comenzó su meditación en una postura conocida como “chu chun sogui”

Aquella misión era el culmen de su carrera. Presentía que aquel viaje a Tritón supondría mucho más que estar entre el grupo de humanos que más lejos había logrado viajar hasta la fecha. Supondría una oportunidad mayor que la que él mismo creó para la vida en la Luna y Marte, donde ya existían pequeños nanobots al cuidado y cargo de hectáreas plantadas con algas genéticamente restauradas.

Jamás podrían terraformizar Tritón, que entre otras cosas estaba condenado en caer en el límite de Roche — que lo despedazaría, formando un bonito anillo alrededor de Neptuno— . Además, estaba demasiado lejos del Sol como para intentar cualquier osadía tecnológica.
Pero Tritón era un satélite que siempre lo había embelesado.

El más frío. El único con una órbita retrógrada. Uno de los pocos cuya rotación estaba sincronizada con el planeta principal, de forma que, como la Luna; siempre mantenía una cara oculta y otra sempiternamente visible. Y a la postre… uno de los más desconocidos. Las inhóspitas temperaturas dificultaron el análisis de su composición, salvo el nitrógeno, abundante en la atmósfera; gracias a los geysers que lo expulsaban desde su interior.

Su misión principal era analizar in situ el satélite y recoger muestras que ayudasen en su vuelta a cotejar los datos recibidos en 2051 por la Spirit 7.

Si a tan emocionante labor se añadía todo el asunto de las señales recibidas por el Artemisa, Chong no tenía la más mínima duda de que estaba ante la oportunidad más grande que la vida le podía dar a una persona como él.

Por eso, cuando Gleen anunció el inminente alunizaje; Park Chong sintió ser el hombre más afortunado de toda la galaxia.

Abandonó su dependencia y saludó a Sonya, que también se dirigía a la zona de seguridad.

*****

El teniente Duque cotejaba todos los datos que los potentes sensores de calibraje enviaban a la computadora central. El reajuste gravitatorio que la nave ya decelerante debería realizar al entrar en la feblísima atmósfera tritoniana estaba a punto de completarse. Neptuno quedaba hacia la derecha, pero el resplandor azul impregnaba la frente de Nicolás; hasta que la Mariner 100 orbitó la zona iluminada por el brillo solar: el hemisferio norte.

Aquél mundo que estaba rodeando era sobrecogedor.

Tritón era un astro bellísimo desde aquella privilegiada posición. Los desniveles —de hasta cincuenta kilómetros— eran comunes y unían surcos y cráteres, desde los que podía observar geysers que parecían surgir de lugares aleatorios en aquella formación geográfica. Estaba ante la corteza de melón que tanto había llamado la atención a los científicos de todo un siglo. Y no divisó ninguna zona que rompiese aquella monotonía hasta que circunvaló el polo norte tritoniano. Mesetas oscuras y sombreadas descansaban sobre mares de superficie yerta, pero impoluta de cráteres o accidentes de ninguna clase.

A menos de trescientos kilómetros de altura sobre la zona de aterrizaje, esperó el lanzamiento de los sintonizadores. Eran una serie de artefactos que las naves escolta lanzaban desde sus posiciones, a medio millón de kilómetros de allí. En un minuto estarían rotando sobre Tritón, trazando un mapa de gravedad y entonces, aterrizarían.
Antes de dejar en manos de la computadora central el descenso, buscó y observó aquella zona que el informe del HAS reflejaba como la causante de aquella misión.
Acto seguido, dirigiose a la sala donde esperaba el resto de tripulación.

*****

—¿Una jodida pecera? ¿Esto es la sala se seguridad? — espetó Ray
Tranquilo, lo es. En su interior, la gravedad es ajustada en cada centímetro cúbico. Una vez dentro, te sentirás como si estuvieses tumbado, por mucho que la nave se tambalee.—explicó Sonya.
—¡No hay que tener miedo, es incluso aburrido!— exclamó Ruslan mientras daba una palmada en la espalda de Ray.

Ray entró en la sala acristalada. Esta era totalmente diáfana. Ni butacas, ni cinturones de seguridad asidos a éstas… nada.

—Además, no dura mucho que digamos— añadió el otro técnico, golpeando nuevamente la espalda de Ray.

El comandante y el teniente llegaron a la par y la sala se cerró.

Gleen comenzó a hablar:

—Una vez aterricemos, montaremos en el vehículo oruga y nos desplazaremos hasta el objetivo.Ya saben como va esto, pero dos de nuestros invitados son novatos, por lo que lo explicaré una vez más. El traje en el que están metidos les proporcionará las condiciones necesarias para que no revienten ante la baja presión; para que la gravedad no les despida por los aires, o para que respiren oxígeno a una temperatura en la que el aire no les cristalice los alveolos pulmonares.

—Pero… ¿Y el casco?—indagó Ray, señalándose la cabeza.

Gleen deslizó el dedo por un indicador del torso. A continuación, el tejido superior del traje se nanotransformó en pocos segundos en una escafandra totalmente transparente.

Todos carcajearon al observar el cariacontecido rostro de Ray. Todos, salvo el matemático. Sonya fue la única que lo percibió. En ese momento, tomó en serio por primera vez aquello que con anterioridad había atribuido a una enajenación mental provocada por la estasis en la mente de aquel extraño compañero. “No volveremos nunca a la Tierra”.

La Mariner 100 no encontró mayor dificultad para posarse sobre la superficie de Tritón. Los repulsores gravitatorios dejaron la nave en forma de “i griega” a cuatro centímetros de aquel suelo gris y purulento.

A tan solo setecientos metros, la mácula Moebius se alzaba casi noventa metros de altura. Pocos segundos después, el sonar de microimpulsos detectó que era un cuerpo cavernoso.




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