Booktrailer "La gran paroniria"

27.8.12

Relato XXXIII --- Tanatokinesis

Tanatokinesis





"Y un granizo de moscas muertas no tiene otra cosa que hacer que llamar y llamar a tu puerta![...]Y una nube de hormigas aladas se posa en el bloc del psiquiatra que afirma que no tienes nada!"

En que puedo ayudar; Requesound
Mamá Ladilla.




Uno de los principales peligros que corre un estado soberano cuando legisla es que, sin quererlo, puede hacer mirar hacia atrás más de lo debido, a ciudadanos que sólo deberían mirar hacia delante.
Es muy posible que si los estados y las naciones no cohibieran libertades tales como plantar una estúpida planta, la historia que les voy a narrar no tendría cabida en nuestra sociedad.
Y es que aquella tarde noche de verano de 2014, un grupo de jóvenes se disponía a pasar una jornada de experimentos y excesos propios de adolescentes en plena pubertad.
Tres amigos habían quedado en casa del primero, estudiante de botánica. Como pillar una bolsa de marihuana por aquellos lares era algo casi imposible, aquéllos jóvenes que habían quedado prendados por el acre perfume del cannabis años atrás, buscaban un sustitutivo “legal” para la hierba que el gobierno acababa de criminalizar. Ahora, ni siquiera se podía plantar en casa, en privado, sin objeto de traficar. Ahora, se “protegía” la salud privada; y cosas como el plantar marihuana o el suicidarse habían pasado de comportamientos “alegales” a “ilegales” — mientras que se seguía permitiendo y beneficiando el consumo de alcohol —, acarreando elevadas multas y estancias en un penal. Incluso se “alentaba” mediante anuncios de televisión a denunciar a todo aquel que tuviese una plantación, o un mísero esqueje en la terraza.


No obstante, quedaba un resquicio. En el caso de las sustancias “estupefacientes”, se seguía en el marco legal del Convenio de Viena, un acuerdo internacional que agrupaba en cuatro apartados las sustancias no permitidas para la población.
Y gente como Francisco, estudiante de segundo año de Botánica, conocía decenas de plantas no incluidas en dicho convenio, y de las que se podía seguir haciendo un uso privado sin infringir un solo apartado de la nueva ley.
Carlos y David no estudiaban en la universidad. Ni siquiera trabajaban desde hacía años. Vivían con sus padres y el poco dinero que tenían lo gastaban en tabaco de liar.
De vez en cuando, el pequeño grupo quedaba en casa de Carlos. Veían películas, escuchaban música a través de Internet, jugaban a videojuegos de carreras o de fútbol… Hacían lo poco que se podía hacer en tiempos de crisis. Juntarse y disfrutar los momentos en los que la mierda tan ubérrima de la sociedad no les salpicaba directamente en la frente.
Pero esa quedada iba a ser diferente a todas las demás. La madre de David y los padres de Carlos habían salido de Madrid por diversos motivos. Francisco tenía la casa libre hasta las nueve de la mañana del sábado. Por eso se juntaron en casa del incipiente botánico.
—¡Wow! ¿Y cómo dices que se llama esta mierda?—preguntó Carlos tras expulsar una densa bocanada de humo, mientras sacudía el cigarro en el cenicero.
—Es una mezcla de Leonotis leonorus y Leonotis sibiricus, ambas surafricanas. El sabor es algo extraño, pero la sensación es parecida a la del cannabis. Lleva leuronina, que es un compuesto similar al de la maría—explicó Francisco, mientras ofrecía el cenicero a David.
—Está bien, pero sigo prefiriendo la yerba, tíos—sentenció el nuevo y exigente catador tras dar un par de largas caladas.
—Bueno, es lo más suave que tengo preparado para la velada, caballeros. Un poco de paciencia—dijo Francisco, mientras ofrecía a David un puñado de extrañas flores violetas.
—¡Andá mi puta madre! ¿Qué son? ¡Cómo molan!
Carlos se acercó raudo, a interesarse por aquello que causó tanta sorpresa a su colega.
—¿Cabezas de elefante?—inquirió al experto, deleitándose con las formas y contornos que aquella flor ofrecía, asemejándose a la cabeza de un paquidermo.
—Exacto. A esta plantita se la conoce así, o si prefieres puedes llamarla Pedicularis groenlándica. La consumían los indios norteamericanos, como los Micmac, los Navajo o los Quapaw.
—¿Cuánto le echo al canuto?—terció David, deseoso de probar aquello que olía tan extrañamente bien.
—Utiliza solo una flor. Según tengo entendido, la marihuana es un caramelito de menta comparado con eso.
—Mejor.
Y acto seguido, manufacturó un enorme canuto.
Si uno fuese un narrador omnisciente, bien pudiera narrarles lo que aconteció en las siguientes horas. Pero sería abusar de imaginación.
No recuerdo una mierda.
Según Francisco, estuvimos hasta las tres de la madrugada de risas. David no contesta. Mejor dicho: contesta a mis llamadas pero solo percibo su respirar.
Vuelvo a llamar a Francisco:
—Oye, tío. He llamado a David y me está rallando, porque me coge el teléfono pero no dice ni pío.
—Ya sabes que se le va la pinza.
—Antes me has dicho que estuvimos hasta las tres de risas…pero no sé si fumamos más plantas raras.
—Claro.
—¿Y bien?
—Sí, claro que estuvo bien.
—No. Quiero saber que más nos diste de fumar.
—Después de la Cabeza de elefante fumásteis una mezcla de loto azul con kava-kava, en otra verbascum thapsus con scutellaria baicacensis, y en la última fue nepeta cataria con flor de la pasión.
—¿Y todas esas plantas…?
—No tienes por qué preocuparte. Todas son inocuas. Aunque bueno, al final os pusisteis a tontear, a ver quien era el más machote.
—Sorpréndeme.
—David se fumó uno con datura stramonium y artemisa absentium.
—¿Lo primero no es peligroso?
—Sí. Pero fumó hoja. Sólo da sabor. Lo segundo te puede provocar pesadillas. Poco más.
—Yo no he tenido ninguna pesadilla, tronco.
—Es que tú no te lo fumaste.
—¿Acaso hice otra cosa?
—Claro. Tu ganaste a “machotismo”.
—¿Qué hice?
—Utilizaste un colirio de estramonio y ajenjo.
—¿Qué? ¿Cómo eres tan hijo de puta? —mi carácter se tornó terriblemente irascible.
—¡Eh, para el carro! Yo os dije que no hicieseis gilipolleces. A mí la cabeza de elefante me dejó grogui y no fumé nada más. No me levanté de la silla del ordenador.
—¡Muérete, cabronazo!
Y furibundo, colgué la llamada.
Fue la última vez que hablé con Francisco.

La vivienda de David distaba no más de cincuenta metros de la mía, allá donde la frontera municipal separa a San Sebastián de los Reyes de Alcobendas. El portal era sempiternamente abierto y subí las escaleras hasta llegar al rellano final. El 4ºA permanecía deshabitado tras un desalojo por impago reciente, y la puerta del 4ºB estaba cerrada. Pero con la llave puesta. David estaría tan fumado como para olvidárse de retirar las llaves antes de cerrar.
Sin dudarlo, abrí.
El olor era completamente nauseabundo.
Hedía a mierda. A auténtica mierda fresca.
La tufarada provenía del salón.
En el sofá estaba David.
Sus codos formaban improvisadas columnas en las que se sustentaba la cabeza.
Un charco de lágrimas empapaba gran parte del parquet circunscrito a los pies de mi amigo.
Y ese olor, significaba que, sencillamente; David se había cagado encima.
—¡Ey tío! Vamos…¿qué te ocurre?
Le toqué y descubrí que su camiseta estaba cercana a los cero grados centígrados. Su piel era gélida como un témpano, y el color era peligrosamente azulado, allá donde surcaban las subcutáneas venas y arterias.
—He tenido una pesadilla horrible— sollozó sin cambiar un ápice su postura.
—Ya me lo imaginaba. Este cabrón de Fran te dio una mierda para fumar que provoca espantosas pesadillas.
—¡Pero ha sido tan real!— exclamó, mostrándome unos ojos destrozados por las lágrimas.
—Ya pasó, tío. —tuve instintos de abrazarle, pero el olor me hizo imposible desahogar mis sentimientos de compasión y fraternidad.
—¿Quieres que nos acerquemos a urgencias?
Y entonces, saltó como un resorte del sofá.
—¡No! ¡¡¡No!!! ¡Me matarán! ¡Moriré!
—¡Nadie te va a matar! ¡Tranquilízate!
—¡No! ¡Tú me matarás! ¡Aléjate de mí!
—¿Te has vuelto loco? ¡Yo jamás mataría a un amigo!
A continuación intenté cogerle para que se sentara. Su cara era un poema al más cruel de los espantos.
Jamás olvidaré lo que ocurrió seguidamente. David se zafó de mi abrazo y corrió hacia la terraza. De un salto, se abalanzó sobre el vacío de veinticinco metros que separaban al mortal asfalto de la calzada.
Escuché un terrible golpe, al que siguieron varios gritos de peatones que circulaban por la acera.
David yacía en el suelo, sobre un charco de sangre que multiplicaba su extensión lentamente. Era un guiñapo. Desde arriba percibí horrorizado una gran mancha marrón en sus pantalones. La gente gritaba y corría.
Destrozado, me tiré en el sofá. Y fue al ver las fotos de David abrazado a su fallecido padre cuando perdí la cordura y lloré desconsoladamente.
Sus últimas e incoherentes palabras me golpeaban como un campeón del mundo de pesos pesados que atiza directos a un saco de boxeo.
Bajé las escaleras. Salí corriendo del portal, que no daba a la misma calle donde pereció mi amigo. A decir verdad tuve terror de que me culparan a mí. Fue un terror irracional al que no le puedo dar explicación. Pero lo cierto es que huí.
Corrí los cuatrocientos metros que separaban la casa de David del chalet adosado donde vivía Fran.
De nuevo, una sorpresa pesadillesca me heló la sangre. La madre de Fran gritaba en la puerta del chalet, mientras decenas de vecinos observaban morbosos. En ese momento, un juez salía del domicilio, y dos funcionarios portaban una camilla con una bolsa para cadáveres.
De nuevo, huí. Quizás, de mi mismo.
Corrí hasta que casi desfallecí, quedando tendido ante una estúpida campana china que adornaba un parque municipal.
Fue entonces cuando fui consciente de mis palabras.
“Muérete, cabronazo”
Las palabras me
“Muerete”
corroían como el ácido
“Muérete”
fluorhídrico corroe el vidrio.
En mi mente se enlataban millones de tesituras estúpidas. Aunque una ganaba con fuerza a las demás.
Tuve que probarlo. Me resistí en un primer momento, pero sabía que tarde o temprano tenía que hacerlo.
Elegí un motorista que apareció por el tunel que llevaba al polideportivo.
Sólo pensé en una palabra. En una expresión. En un sentimiento.
Muérete.
Pasaron no más de tres segundos hasta que la motocicleta se estampó contra el lateral de hormigón de la mediana.
Observé perfectamente como el casco se desprendió del cuerpo, para acabar rompiendo la luna de un coche y dañando a uno de sus ocupantes.
Me tiré al césped y lloré. Estuve deseando morir durante todo ese tiempo, mientras el ulular de las sirenas me mantenía en una dimensión que parecía completamente irreal.
Pero pronto descubrí que soy inmune a mi propio veneno. Estoy maldito con mi propia maldición.

Una semana después, recluido en mi habitación todos estos días; creo que aún no soy consciente de mi indeseable poder. Hoy he comprendido que es un poder cuyo alcance aún desconozco. He de confesar que hoy hay cónclave en el Vaticano porque ayer deseé la muerte del Papa. Desde mi habitación. Sólo tuve que concentrarme en su figura y desearlo. Unos minutos después Internet, las radios y televisiones de todo el mundo confirmaron la noticia. El corazón del Santo Padre se había detenido para siempre de buenas a primeras.
Todo el mundo lo achaca a su edad.
Pero creo que se equivocan. Ha sido un pontificidio.


Tengo capacidad para cambiar el mundo. Cada minuto que paso cogitabundo, estoy cada vez más decidido a hacerlo. Puedo exterminar a dictadores, asesinos, genocidas y a cualquiera que trate de impedirme cambiar este vertedero de injusticia y desequilibrio en el que vivimos.
¿Por qué no voy a intentarlo? ¿Por qué no voy a poder utilizar mi nefasto don para que el ser humano mejore?
Ni usted ni nadie puede impedirlo. Así que, señor Presidente del gobierno español: ruégole que no me obligue a pensar en usted más de la cuenta. Quiero que de inmediato convoque una rueda de prensa y que deponga sus poderes en mi señora madre, única persona de mi extrema confianza. Ahórrese esfuerzos. Estoy en un refugio en el que no me encontrarán nunca. Si no toma en serio mis instrucciones, usted morirá y este mismo escrito lo recibirá su vicepresidente. Así hasta que comprendan que mi poder no tiene límites. Una vez tenga el control sobre este país, me haré con el mando absoluto de la ONU y de todas las naciones del planeta.
No me mueven intereses económicos ni superficiales. Solo el amor y la ilusión hacia un mundo mejor. Mis víctimas no lo serán en vano. Mientras yo siga vivo, convertiré este mundo en el lugar de paz y armonía que siempre debió ser
Y si no está de acuerdo, si cree que el ser humano ha de pasar hambre, ha de vivir bajo la tutela de la globalización y del belicismo, bajo el telón de la injusticia o de la desigualdad…

Muérase, amigo.





1 comentario:

  1. Hoy he leído a este autor, http://www.paronirium.com/ por primera vez en MI VIDA ... y LA VERDAD ... se merece el premio NOBEL de escritura, ... joder como he disfrutado ... Saludos Rafa

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