Booktrailer "La gran paroniria"

25.8.11

Tritón --- Capítulo 5







Capítulo 5


—Así es, portamos cerca de 80 cabezas termonucleares a bordo —espetó Jim a un cariacontecido Ray.
            —¿Olvidas que ya hemos utilizado una docena? —apostilló Ruslan.
            —¿Disfrutas matizándome? —intentó dar un empellón a su compañero, pero éste se zafó y comenzaron a menear los brazos uno contra el otro como si fuesen críos de guardería.
            —Perdonad, chicos —hizo una pausa hasta que los dos le prestaron atención—. ¿No hay peligro de que exploten esas bombas?
            —Eso se supone que hacen, tío. Explotan en un compartimento controlado electromagnéticamente y la energía de la explosión es la que impulsa a la nave y la hace entrar en velocidad de crucero —respondió Ruslan, aún enzarzado en una guerra de collejas con Jim.
            —¡Genial! Ya me quedo mas tranquilo —Ray hizo un gesto que acompañó al sarcasmo de su afirmación—. ¿Y cuál es la velocidad de crucero?
            —1100 kilómetros por segundo —contestaron ambos al perfecto unísono.
            —Vaya, qué barbaridad —Ray quedó meditabundo. Intentó calcular a que velocidad circulaba el tren transatlántico en kilómetros por segundo, pero ni su sistema neuronal estaba por la labor, ni los técnicos le iban a permitir el relax necesario para hacer una regla de tres tan simple como tediosa.
            —Nunca viajará más rápido, al menos por el momento. Y aún así, hemos tardado casi cincuenta días, más otros tantos que tardaremos en volver- explicó Ruslan. —Espero que no tuviese cita con el dentista.
            —Y eso si volvemos, claro —terció Jim.
            —¿Qué? ¿Cómo que si volvemos? —preguntó Ray levemente alterado.

Ambos cómplices se miraron entre sí, estallando pocos segundos después en una gran carcajada.
El testigo sonoro del ascensor les serenó. Esperaron en posición firme la apertura de la puerta.
El comandante de la nave caminó hacia ellos. Portaba varios HAS tubulares, cada uno del tamaño de un bolígrafo. Ray advirtió como los dos técnicos que bromeaban con él permanecían firmes como postes. .
           
—¿Dónde está el resto de la tripulación? —preguntó avanzando hacia los presentes.
            —Señor, aún quedan algunos minutos —respondió con seguridad Ruslan.
El comandante consultó en su muñeca.
            —Descansen.

Ruslan y Jim abandonaron su posición firme y se alejaron hasta una nevera con refrescos, al suponer que el recién llegado y el jefe iban a conversar. Estaban en lo cierto.

            —¿Cómo se encuentra?- indagó el comandante a Ray
            —Bueno, de momento bien. Gracias. Pensaba que me resultaría más difícil adaptarme —explicó, intentando descifrar la turbulenta mirada de Gleen.
            —Espero que esas dos lagartijas no le hayan incomodado. Son como niños, pero hacen bien su trabajo —intentó disculparse el comandante, exhibiendo un tono afable y fraternal. Aquel enclenque petulante no le caía bien, pero las rencillas con el personal científico nunca le gustaron, y mucho menos, sus consecuencias. La experiencia le había confiado el secreto de cómo tratar con ese tipo de gente.— Le pido disculpas si así ha sido.
            —No, en absoluto. No se preocupe. Lo único que me ha sorprendido es descubrir que viajo junto a decenas de cabezas nucleares— ironizó Ray.
            —Pensaba que estaba al día de los adelantos tecnológicos, siendo usted quien es y observando los proyectos en los que ha participado.
            —En mis proyectos no se ha utilizado energía atómica de ninguna clase —defendiose Ray, intentando no sonar excesivamente descortés.
            —Lamento que le importune esta situación, pero puedo asegurarle personalmente, que no hay nada de que preocuparse por las valijas nucleares de a bordo. —Gleen transmitía confianza en su mirada, y a Ray le pareció sincera.
            —No hay problema entonces. Asunto zanjado. Sólo queda un pequeño detalle. Me gustaría saber qué diantres hago yo aquí— el tono de Ray se tornó serio y conciso.
            —Eso es precisamente lo que vamos a tratar en breve. Cuando venga el resto de la tripulación, obtendrá su respuesta —Gleen volvió a mirar su muñeca derecha.
            —¿Por qué tanto secretismo, comandante?
            —Relájese, le veo tenso —dio una palmada en la espalda de Ray, algo que éste no esperaba y que lejos de tranquilizarle, le produjo un corrosivo estupor—. Vaya con los chicos y tómese un refrigerio, aun quedan unos minutos.

El comandante se dirigió a la zona de computadoras dejando a Ray con la palabra en la boca; con cientos de preguntas que se apelmazaban una tras otra y que se desvanecían tan rápido como se alejaba Jack Gleen. La calma que el comandante pretendía impregnar a su voz era muy delatadora. Estaba siendo una tranquilidad forzada.

Jim y Ruslan tomaban un refresco a cincuenta metros. Le hicieron un ademán con las manos para que fuera con ellos, una vez que el comandante continuó preparando la reunión. Pero a Ray no le apetecía beber. No le apetecía hacer nada.

***

El ascensor bajó de nuevo con los últimos tripulantes operativos.
Ray reconoció a la doctora Hutson. La dama estaba acompañada por tres desconocidos varones, todos ataviados con el mismo uniforme que Ray encontró en su compartimento.
El hombre con aspecto juvenil era el Teniente Nicolás Duque. El otro, al que Ray calculó no menos de sesenta años, el geoquímico Park Chong. El más aletargado era el matemático alemán Mark Brahe. El grupo avanzó al salir de la plataforma.
Parecían ir conversando sobre algo divertido. A Ray le sorprendió la frialdad de todos los pasajeros que había visto hasta el momento. Todos andaban por aquella extraña estructura como si caminaran sobre el pasillo de sus casas, en la añorada Tierra.
Sonya apretó el paso al acercarse a Ray, y se dirigió a él saludándole efusivamente.

            —¿Has descansado? —preguntó con una gran sonrisa — ¿Necesitas algo de efedrina?
            —Bueno, he dormido siestas mejores —contestó Ray, intentando esbozar el gesto de su interlocutora. —Gracias, pero espero poder aguantar sin tomar nada.
            —Chicos, os presento a Ray Gordon. Es el tipo que ha puesto en marcha el gran túnel —explicó Sonya a sus compañeros.
Gordon se sonrojó levemente. Que alguien reconociese su trabajo en aquella situación, le pillaba totalmente desprevenido. Intentó disimular la rubicundez que le producía tal mención.

El teniente Duque estrechó la mano del presentado. Ray examinó rápidamente al recién llegado. De cerca no parecía tan juvenil. Una prominente nariz era lo que mas sobresalía en aquel rostro enjuto de tez morena. Como los demás, vestía aquel mono verde.

            —Soy Nicolás Duque. Sin duda, es una obra admirable —dijo sin soltar la mano—, debes de estar orgulloso. Espero poder viajar en él cuando volvamos.
            —Cuenta con ello —susurró Ray—. Si quieres puedes venir conmigo. No pude asistir a la inauguración. Resulta que estaba dormido, con mi cuerpo en estasis dentro de una capsula maloliente.
Los tres recién llegados sonrieron. Y eso animó a Ray
            —Es un placer, amigo— saludó Chong.
Ray repitió el examen visual. Chong no llegaba al metro setenta. Su rostro de ojos rasgados y sus pómulos carnosos y arrugados le evocaron la sensación de haber visto esa cara en algún sitio. Era un rostro tan peculiar como difícil de olvidar.
             —Mi nombre es Park Chong, un orgullo saludarle —hizo un saludo propio de su región, muestra milenaria de respeto y afabilidad que consistía en agachar cortésmente la cabeza.
            —¿Usted no es el coreano que descubrió e implantó la nanoterraformación? —preguntó intrigado Ray.
            —Así es. Aunque en realidad fue un descubrimiento que realizamos un nutrido grupo de científicos, yo sólo lo coordiné.
            —Vaya, qué sorpresa. No esperaba encontrar un premio Nobel en un sitio como éste.
            —Y este de aquí es Mark. Es, con casi total seguridad, el mejor matemático en la actualidad.

El único hombre que portaba gafas en aquella nave — Ray apostaría a que incluso, podría ser el único hombre en el mundo que utilizase aquella antigualla que sólo podía verse en museos desde décadas — le saludó tímidamente, sin pronunciar una sola palabra. Parecía hundido en sus propios pensamientos. Cuando miró a los ojos de Ray, dijo:

            —Mi tío fue profesor en la universidad de Denver. Quizás coincidieron.

A Ray le golpearon las palabras como si los guantes de un enfurecido boxeador se tratasen.

La voz de Glenn interrumpió el coloquio, y dejó sumido a Ray en un lago de tibia confusión. De repente, recordó el sueño por completo. Aquel hombre era descendiente de ésa calavera putrefacta que había escrito algo, una frase, en el encerado que mantenía en el recuerdo de la sufrida paroniria. ¿Qué demonios había escrito el profesor?
            —Caballeros, es la hora. Acérquense a la mesa —anunció el comandante, desde una plataforma móvil.

Gleen accionó un mando a distancia. Del piso inferior brotó una gran mesa ovalada. Una vez arriba, ocho taburetes cilíndricos nacieron del suelo, circunvalando la superficie del tablero ovoidal, que levitaba gracias al magnetismo de ultrainducción.
Los dos grupos se acercaron. Cuando todos estuvieron aposentados, el comandante bajó de la plataforma.
Gleen hizo ocultar su taburete. Permaneció de pie, observando al pequeño grupo que tenía ante sí. Sus ojos no transmitían nada bueno.

Una gran membrana holográfica surgió de la parte central de la mesa.

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