Booktrailer "La gran paroniria"

9.8.11

Tritón --- Capítulo 4







Capítulo 4



Jack Gleen nació en Madison, cuando esa ciudad aún existía.
Como todos los pocos oriundos que quedaban de aquella, otrora capital de estado, se consideraba un hombre duro. Y no sólo por su aspecto rudo y vigoroso.
El comandante de la Mariner 100 estaba ya curtido en todo tipo de situaciones de las que había mamado, directamente, de una gran ubre, repleta de temple y de sangre fría. Desde muy joven, y tras ver morir a sus padres en el atentado terrorista de Wisconsin, donde cerca de cien mil personas perdieron la vida hacía más de medio siglo, decidió alistarse en el ejército de los Estados Unidos.
Tras una larga y esforzada preparación, combatió con éxito durante tres años en la guerra del Gobi, que a la postre, fue el último gran conflicto humano. Sus méritos militares valiéronle para ascender con facilidad de rango, y pronto fue elegido como tripulante de varias misiones espaciales de rescate, con el incipiente apogeo de la astronáutica.
Después de dos décadas de servicio impecable en misiones selenitas o venusianas, fue propuesto para comandar una misión a Marte. Ahora, éste era su décimo viaje como el más alto responsable de una colosal nave espacial. Y no era un viaje distinto a los demás, o al menos, eso infería el hombre que tanto respeto y admiración despertaba entre sus tripulantes.

Gleen entró en la sala de mando, donde el Teniente Duque supervisaba desde los monitores el estado de la nave.
           
—A sus órdenes, Comandante. —Duque se llevó la mano a la frente haciendo el saludo militar.
            —Descanse, Teniente. ¿Alguna novedad?
            —Negativo, señor. El rumbo se ha automatizado. En un par de horas estaremos estabilizados en la órbita de Neptuno —informó Duque, sin quitar ojo a los datos mostrados en una de las pantallas.
            —Perfecto. Si hay alguna incidencia, avíseme inmediatamente. He de ir al receptor de datos, espero a recibir un informe desde la Tierra antes de reunirme con toda la tripulación.
            —Entendido. A sus órdenes, señor— se apremió en contestar el teniente, sin quitar ojo al proceso de automatización, que en aquel preciso momento, estaba entregando el timón de la Mariner 100 a un microprocesador que gestionaba las múltiples maniobras que eran necesarias para mantener la nave surcando en aquel mar infinito.

El Teniente prosiguió con sus menesteres de control. Gleen desapareció por uno de los pasillos. Duque quedó de nuevo en silenciosa soledad.

Después de ejecutar varios comandos de órdenes rutinarias, abrió la escotilla frontal.
Al instante, el azul más puro del universo ribeteó en destellos sobre toda la sala de mando, ante la refracción que ofrecía la luz en el grueso aerogel transparente con el que estaba construida la apantallada escotilla frontal. Quedó prendado por el resplandor azul de Neptuno. El gigantesco planeta se mostraba impasible, flotando en la nada. La gran mancha azulada hízole quedar absorto durante varios minutos. Desde aquella posición privilegiada, parecía discernir movimiento de nubes en esa gran porción tormentosa; como rizos fantasmagóricos alentados por el azar más irreverente.
Extrajo un pequeño HAS. Tras venerar la imagen generada, susurró:

            —Ojala estuvieses aquí para ver esto conmigo…

Duque se relajó con el paisaje espacial que le ofrecía el puesto de mando y dirigió sus pensamientos hacia el ser que había idolatrado e intentado imitar durante toda su vida.
No sólo porque era su abuelo. También tenía que ver el que fuese el primer ser humano en posar un pie sobre la superficie marciana. Amstrong era un aficionado comparado al gran Pedro Duque.
Recordaba con cariño todos los momentos que pasó junto a él. Fueron pocos, pero intensos.
El astronauta español adoró en vida a su descendiente, y sin duda alguna estaría orgulloso si pudiera ver con sus propios ojos aquel mundo desconocido; aquel planeta perdido que, el ser humano avistó a través de los ojos de Galileo, que lo observó por primera vez valiéndose de su rudimentario telescopio, y que incluso, tuvo la desfachatez de confundir con una estrella más; aquel paraíso recién descubierto que provocó graves disputas y enfrentamientos entre los más egregios científicos de la época; aquel punto de luz invisible a ojo desnudo que a punto estuvo de ser bautizado como Leverrier, Océano, o Janus. Pedro Duque estaría orgulloso de verle allí, delante del gigantesco dios de las profundidades marinas, como su nieto hizo por televisión cuando el cosmonauta pisó Marte.
Entre los recuerdos y la nostalgia, una lágrima rasgó su rostro sonriente. Aunque no fue suficiente para reprimir su gozo interior. Siguió embelesado, observando al gigante azul y con la viva imagen en su mente de aquel hombre bondadoso y sabio, cuyos restos descansaban desde hacía décadas en algún rincón del cinturón de Kuiper.


***


            —Apuesto mi ración proteica de hoy a que no vamos a Neptuno.

El rostro de Jim mostró cierto grado de incomprensión.
           
—¿Y adonde demonios vamos a ir, cretino bolchevique? —dijo volviendo a la sonrisa habitual en él.
            —Tengo el presentimiento de que vamos a otro sitio. Y sabes que no suelo fallar.
            —Por eso no aceptaré esa apuesta. Además, me da igual donde vayamos. Lo pagan bien.

Los dos, ya completamente uniformados, sonrieron mientras se abrían las puertas del elevador magnético. Eran los primeros en llegar a la zona de descarga.

Jim Tekbar era norteamericano. Nació en New London, un pequeño pueblo sito en el condado de Huron, en Ohio. Se graduó en Cleveland en ingeniería cosmonuclear con tan sólo veinte años y fue alistado para las fragatas espaciales un lustro después. Su primer viaje le llevó a Europa, un par de años antes. Allí coincidió con Ruslan, también novato. Ruslan Popov, nacido en Moscú y licenciado en cinco especialidades; contaba con la misma edad que Jim. Medían lo mismo y los rasgos físicos eran muy similares. Como Jim, llevaba el pelo rapado. De lejos eran fácilmente confundibles. Aunque los ojos azules del ruso bastaban para reconocerlo correctamente.
Fue seleccionado desde el mismo Kremlin para ocupar la plaza asignada a su país en una misión de exploración joviana. Gleen solicitó por escrito su adhesión indefinida a su grupo operativo cuando el joven ruso demostró su valía y aptitud para el puesto que ejercía.

Siguieron bromeando animadamente hasta que el ascensor bajó con otro pasajero.

            —¿Ése no es el tipo de antes, el de los espasmos? —dijo Jim señalando con la mirada.
            —Sí, eso parece.

Jim utilizó las manos como altavoz improvisado.
           
—¡Eh! ¡Amigo! ¿Cómo te encuentras?

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