Booktrailer "La gran paroniria"

23.7.11

Tritón --- Capítulo 3






Capítulo 3



Ray dedicó unos segundos a escudriñar pusilánimemente el interior, antes de cruzar definitivamente por la nueva entrada. Cuando lo hizo, la puerta se cerró a sus espaldas, emitiendo un sonido característico.

Se encontraba en un cubículo de no más de una docena de metros cuadrados, iluminado en exceso por un foco central, situado entre varias láminas del techo. El camastro que observó en el compartimento fue lo más familiar que había entre las paredes del lúgubre metal. Además, un lavabo y un water brillaban impolutos. Después de tumbarse instintivamente y permanecer en esa posición durante exactamente un minuto, divisó un pulsador, cercano a una zona punteada.
Incorporose y pulsó el interruptor con forma octogonal. Varias láminas de la pared giraron al mismo son, dejando a la vista un armario de respetables dimensiones, donde varias perchas bailaban de forma mecánica.
De repente, el carrusel se detuvo, ofreciendo a Ray un uniforme completo, de un llamativo color verdoso. Supuso que tendría que embutirse en aquella extraña vestimenta.
Aunque la sensación térmica era agradable incluso en paños menores, Ray descubrió que tenía la piel de gallina, y ello le produjo un ardiente estupor. Sin muchas premeditaciones, descolgó la percha y se introdujo como pudo en aquel uniforme con tacto áspero; sin vacilar un momento ante ese centelleo electrostático que despedía ante el frote con el cuerpo. Subió la cremallera con decisión y suspiró. En ese instante, una sarta de señales acústicas le intimidaron brevemente. Algunas zonas del uniforme se iluminaban. Estaba realizando un chequeo inicial.
En el interior del armario, distinguió el mando de control de uno de esos ambientadores acondicionados, que consistían en un aparato de aire acondicionado que además, y gracias a un mezclador de sustancias químicas, simulaba a la perfección el aroma “paisajístico” que el usuario seleccionase; así como el que se percibiría en una playa, un pinar, un glacial… Ray no perdió la oportunidad de elegir la opción “Campo de lavanda” y de extasiar sus pulmones con la inmediata fragancia que inundó el habitáculo.
Mientras exhalaba, la puerta del compartimento se abrió, deslizándose hacia la izquierda, emitiendo aquel zumbido característico al que no acababa de acostumbrarse.

Ray se sorprendió de ver una mujer. Incluso ruborizose de su belleza.
La fémina pareció examinarlo de pies a cabeza desde el pasillo principal, prestando especial atención a los diagramas que se formaban en el traje, a la altura del plexo solar.
Una vez que quedó satisfecha, cruzó el umbral de la puerta.

            —¿Cómo te encuentras? —preguntó la mujer rubia, ataviada con el mismo uniforme verdoso—. El comandante me ha informado de que has sufrido una pequeña crisis al despertar.
            —Bueno, la verdad es que me encuentro mucho mejor. Parece que me acostumbraré— contestó esbozando una sonrisa, a la par que abría el grifo y el agua fría golpeaba sonoramente contra la superficie reflectante del lavabo.
            —No te preocupes, suele ocurrir en el primer viaje. Cuando te acostumbras, el cuerpo también lo hace. —la mujer ofreció estrechar la mano a Ray, que cerró el grifo y dejó muertos los nudillos para poder ser apresados por los deliciosos y suaves dedos de la recién llegada—.Me llamo Sonya Hutson, soy la médico de a bordo.
            —Encantado. Soy Raymon Gordon; aunque por desgracia no se qué hago a bordo. Quizás tú me puedas orientar.

Sonya pareció dudar un momento antes de echarse a reír.

            —Sólo puedo decirte que antes de dormir por última vez, estaba en el Monte Olympus. Para mí, el día de ayer lo pasé trabajando en Marte. Nadie sabe muy bien qué hemos venido a hacer, se supone que el comandante nos dará una pequeña introducción en la sala de descarga.
            —¿Por qué tanta intriga? ¿No será algo peligroso? —preguntó un Ray intrigado, incluso incomodado por la respuesta inicial.
            —Tranquilo. Llevo años con el comandante Gleen. Las misiones que se le encomiendan suelen ser de índole científica, nunca ha habido que preocuparse por nada. Es normal que estés tenso, ha sido un viaje muy largo incluso para mí. Te recomiendo que te relajes y que descanses hasta la reunión.

Sonya se acercó al camastro y pareció buscar algo entre la pared en la que estaba situado. Un brazo mecánico hizo aparecer una rendija HAS.

            —Te lo dejo al alcance por si quieres escuchar algo de música o leer algún poema —Sonya se despidió saludando con la mano—. Luego nos vemos Ray, encantada de conocerte.

Ray devolvió el saludo y observó como la mujer desaparecía ante el zumbido de la puerta. Tuvo tiempo suficiente para saborear visualmente las insurgentes curvas del trasero de Sonya. Los pensamientos lascivos e inesperados le sonrojaron, e intentó evadirlos mojándose cara y nuca en la pila. Acto seguido se recostó en la camilla y acercó la rendija audiovisual.
El contenido era mostrado a través de un navegador. A tales distancias era inviable utilizar Internet, pero gracias a un sistema de refresco continuo, sí se podía acceder a contenidos informativos con un diferido de cerca de siete horas; pero teniendo en cuenta que los que viajaban en aquel bajel astronáutico llevaban un diferido de casi cincuenta días, la procrastinación de la llegada de los datos parecía una completa nimiedad, como autosentenció mentalmente Ray. Además, el soporte gozaba de un completo y exhaustivo contenido de la casi totalidad de obras musicales, películas y galerías pictóricas y artísticas que existían en La Tierra. El artilugio poseía cerca de 10 yottabytes, gracias a un minúsculo trozo de plástico con fibras de samario, una tecnología que tardó más de lo previsto en comercializarse públicamente, tan sólo dos años atrás, ya que se la inferían usos inicuos contra la industria audiovisual.
Seleccionó una pieza de Vivaldi y la armoniosa melodía impregnó cada centímetro cúbico de la estancia con la alegría que transmitía aquel vivaracho violín.

Recostado en el camastro, repasó las noticias que habían acontecido en aquel periodo de letargo forzado.

Un terremoto en Sumatra, con centenares de fallecidos; un intento de golpe de estado “pacífico”, en la recién unificada Corea; el fallecimiento de dos o tres personajes relevantes de la actualidad norteamericana… Aunque a Ray sólo le interesaba saber como marchaba el túnel.

Con satisfacción, comprobó que sólo se hablaba de él para alabar su utilidad. Era una obra faraónica.
Sin duda,  la construcción más importante en la historia humana.
El Túnel Transatlántico fue inaugurado sólo unas semanas antes de despegar.
Y todo marchaba a la perfección gracias al encomiable trabajo que, durante años, había realizado el grupo de científicos que dirigió con precisión cirujana el bueno de Raymon Gordon.
Adios, París; Hola, New York; y viceversa, en tan sólo nueve minutos.
Tras contemplar varias fotografías y leer otros tantos artículos, ocultó el HAS y apoyó la cabeza en la mullida almohada, mientras entrelazaba sus manos a la altura del vientre.
No podía escapar al pensamiento de aquellos ojos verdosos; de aquella sonrisa; de aquellas curvas propias de una vestal. ¿Sería posible que, a su edad y en una situación tan incomparable; se estuviese enamorando?
Ray suspiró, y se mantuvo durante muchos minutos intentando cavilar sobre sus recién desatadas pasiones hacia la apuesta galena de la Mariner 100.
Sin saberlo, estaba sufriendo los efectos de la inevitable subida de serotonina, provocada por algunos de los productos químicos inyectados en la cápsula de estasis, en el preciso instante en el que Ray despertaba sobre la pulimentada superficie de un pupitre estudiantil.

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