Booktrailer "La gran paroniria"

15.6.11

Tritón --- Capítulo I








Parte 1

Pseudotridente




“Medí los cielos y ahora mido las sombras. Mi mente tenía por límite los cielos, mi cuerpo descansa encerrado en la Tierra."
Epitafio en la lápida de Johannes Kepler.




"La raza humana necesita un desafío intelectual. Debe ser aburrido ser Dios, y no tener nada que descubrir".
Stephen Hawking



 Capítulo 1




El aula estaba vacía.

Ray se incorporó sobre el pupitre. Se había quedado dormido.

Durante unos segundos, visualizó completamente la amplia e iluminada sala. Estaba sembrada de escritorios similares al que él se aposentaba. Al fondo, una gran mesa con su correspondiente silla. Detrás, una pizarra impoluta.


Tenía la impresión de haber estado ya en esa estancia. Sus recuerdos eran confusos y no conseguía asociar aquel lugar con la leve pero certera sensación de haber estado allí con anterioridad.

Un latigazo de dolor se extendió con celeridad endiablada a través de los entumecidos músculos, que se negaban a adoptar cualquier otra posición que no fuese de completo relax. Sin embargo, el dolor cesó, y Ray arrastró el asiento hacia atrás, impulsándolo con el trasero. El movimiento arrancó un quejido de angustia al suelo, que rebotó en todas las paredes antes de desaparecer en aquel reinado de afonía. Acto seguido, Ray se incorporó, y una vez de pie, anduvo hacia la escalinata que descendía al atril, donde algún profesor debía de impartir clases.

Todo vacío.

Ni libros, ni tizas, ni ningún objeto; salvo los pupitres, la mesa y la pizarra.

Confuso, Ray caminó hacia la única puerta que tenía aquella estancia. Estaba enmarcada en un rincón del fondo, a no más de diez metros de la mesa docente. Bajó los escalones en silencio, invadido por la melancolía que brotaba de aquel lugar.
Al andar, el sonido de sus pasos parecía no amortiguarse en las paredes, confiriendo al aula un halo tétrico y misterioso. Cuando su mano se posó sobre el pomo de la puerta, por fin comenzó a recordar, como si un resorte hubiera pulsado un botón en su interior.

Era el aula donde pergeñó gran parte de su carrera, durante más de ocho años dedicados al estudio universitario.

Pero aquello era absurdo, hacía décadas que se doctoró y después no volvió por allí.

Recuerdos... Bailaban al son del total desconcierto.

Sí; regresó a la universidad.

Unos pocos años atrás — no lo recordaba con exactitud —, ofreció una charla en ese campus. Sin embargo, fue en la sala de conferencias, y no en aquel habitáculo en el que pasó horas y horas tomando apuntes y clavando los codos en un pupitre idéntico a todos los que allí hacían guardia.

Antes de abrir la puerta, se volvió sobre sí mismo para echar un último vistazo, mirando en derredor.

De repente, la iluminación decreció y los pupitres más alejados aparecieron ahora muy tenues.

Con más firmeza que segundos atrás, giró el pomo de la puerta y la abrió tirando del picaporte con fuerza.

La sorpresa le invadió, a la par que lo hacía el temor.

Ante el se mostraba el cosmos. Estaba observando el espacio exterior. Miles de estrellas desfilaban a toda velocidad, formando filamentos fulgurosos y casi imperceptibles. Era como si el aula viajase cual nave espacial.

Entelerido, cerró de un portazo.

El estruendo inició su ronda de rebotes por todas las superficies que se prestaran para tal menester. Sin embargo, fue acallado rápidamente por un desconcertante chirrido.
Sin darse la vuelta, percibió el sonido familiar que invadía la voluminosa habitación.
Era una tiza, que deslizándose por la pizarra, rasgaba angustiosamente el ya tenebregoso silencio.

Lentamente, giró el cuello.

Un anciano apoyado sobre un bastón voltizo, escribía en la superficie fuliginosa del gran encerado. .

Ray reconoció de inmediato a Rufus Brahe, el catedrático de física de la universidad de Denver. En verdad, le recordaba como uno de sus instructores favoritos. Siempre le profesó un gran aprecio. Se trataba de uno de esos maestros que utilizaba con gran pericia el arte de enseñar ciencias de forma amena y eficiente. Los chistes y las ironías eran recibidas de forma cálida por todos los alumnos. Pero Ray no esperaba ningún chiste esta vez. El semblante del eminente Honoris Causa de Física y Plasmodinámica no parecía muy propenso a las agudezas humorísticas.

Acercose, lentamente, sin que el anciano pareciere mostrar la más mínima atención sobre él o sobre el sonido lacerante que provocaban sus pisadas, que parecían desgajarse de un suelo pegajoso y ferrugiento.

El doctor Brahe atesoraba más de setenta años el día que Ray entró en la universidad. Cuando salió, ya era un octogenario; faceta que no le hizo perder sus facultades divulgativas. Pero su presencia después de una veintena, significaría que rondaría actualmente el siglo de vida. Probablemente, la entelequia que más alertó al perplejo observador en el que se estaba convirtiendo Ray Gordon.

En silencio, Ray siguió acercándose a la pizarra. Quería ver qué escribía con tanto frenesí el profesor. Esperaba encontrar alguna compleja fórmula, pero el anciano estaba finalizando, mediante su temblorosa grafía, una escueta frase:

"EL HOMBRE DESCUBRIÓ LA CIENCIA. AHORA LA CIENCIA DESCUBRIRÁ AL HOMBRE"

Ray no entendía ese  enunciado. Percatose de que Brahe, taciturno, le observaba con la misma atención que un niño dedica al pájaro muerto que acaba de aplastar con la rueda de su bicicleta.

            —Es usted un alumno aventajado —pronunció el docente.

Ray miró al profesor. Su rostro no había cambiado nada desde la última vez que coincidieron. Su tono vocal, tampoco.

            —La sátira de la vida está muy cerca. La ciencia le hablará. —dijo, a la par que esbozaba una sonrisa de tintes infaustos.

No entendía aquellas palabras confusas, y por ello, Ray preguntó:

            —¿Cómo que la ciencia me hablará?

Brahe dio la espalda a su interlocutor, y dedicó un timorato suspiro a la hilera de letras que acababa de imprimir sobre el lúgubre encerado.

            —¿Qué quiere decir? ¿Dónde estamos? ¿Qué es lo que hay tras esa puerta?

Tras no recibir respuesta, tocó el hombro del anciano.

Brahe se dio la vuelta.

Su rostro ya no era la de unos instantes atrás.

Un cráneo envuelto en jirones de carne pultácea le observaba a través de las cuencas vacías y toscamente demacradas, de las que sólo manaban sanguinolentos restos encefálicos.

Ray gritó.

La calavera movía desesperadamente las mandíbulas, intentando hablar, pero las fauces sólo proferían bufidos irreconocibles.

En ese instante, lo que quedaba de anciano se descompuso en huesos, y éstos en polvo, que acabó formando un considerable montón a los pies de Ray.

De repente, la puerta crujió. Las maderas que la formaban salieron expelidas con violencia hacia el exterior. La polvareda voló hacia la abertura y se perdió en la nada.

Después, el exterior comenzó a succionar todo lo que había en la sala, como si alguien hubiese encendido fuera un gigantesco aspirador.

Ray se agarró a la pata de la mesa, que también voló inexorablemente hacia el vacío.

En el último momento, pudo sujetarse en el quicio; pero un pupitre lo golpeó violentamente en el torso y le exturbó al exterior junto a todo lo demás.

La oscuridad más absoluta le invadió. Cuando se dio cuenta de que no podía respirar, chilló.

En ese momento, Ray Gordon despertó.

2 comentarios:

  1. Está muy bueno. Me llamó la atención. yo también escribo y creo que podrías mejorar un poquito más los priemros hechos. dar un poco de más de detalles de escenario, porque, aunque se entiende, es un poquito confuso ubicarse al principio. Recuerda que el lector siempre va a querer estar ubicado dentro del escenario. Está mu bueno me gustaría seguir leyendolo

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  2. Me quito el sombrero ante ti, pedro. La verdad esta es una de esas magníficas novelas que te atrapan en sus telarañas de incertidumbre. Simplemente no puedo dejar de leerlo, por que en mi conciencia pediría constantemente saber lo que viene posteriormente.

    Coincido con el comentario anterior pero esta bien que no prime la descripción, así permanecería el misterio.

    Gracias por esta estupenda lectura.

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