Booktrailer "La gran paroniria"

17.4.11

Relato XXVII --- Los zombis no existen, muchacho

Los zombis no existen, muchacho



El relato que presento a continuación es un texto ambientado en mi próxima novela: "El secreto del Perdón"


             —¿Crees que aquí estaremos a salvo, César?
   —No creo que estemos a salvo en ningún sitio—contestó el rudo jefe de seguridad al novato compañero con el que inició la ronda.

Ambos observaban tras el gran ojo de la puerta, dentro del improvisado efugio, destinado a almacenar grandes tanques de helio y de dióxido de carbono, utilizados para extinguir posibles incendios en los centros de protección de datos.

   —Además, ya no tengo munición.
   —¿Habías disparado antes contra alguien?
   —Claro que no.
   —Pues menuda puntería. Les has dado a todos en la cabeza.
   —¿Crees que es agradable matar personas, muchacho?
   —No creo que contra lo que has disparado sean personas.
   —¿A no? ¿Y qué demonios eran?
   —Parecían zombis.

César dejó de mirar tras la puerta y agarró al novato por las solapas de la chaqueta, levantándolo un palmo del suelo, como si de un guiñapo se tratara.



   —Mira niñato. No se qué cojones está pasando aquí, pero no necesito que me estés dando la barrila con tus memeces de niño llorón y malcriado.
   —¡Suéltame, cabrón!

César lo dejó caer al suelo. La tensión de la última hora le provocaba cierto nerviosismo, poco común con el temple habitual que siempre mostraba, tanto dentro como fuera del horario laboral.

   —¿No has visto lo mismo que yo? ¡Esas personas han sufrido alguna especie de cambio o infección! ¿Cómo si no explicarías algo así?— sollozó visiblemente alterado el joven vigilante.

César frunció el ceño e intentó poner en orden la acumulación de sucesos que les había llevado a refugiarse como ratas temerosas.

A las 19:00 comenzaba su turno. Como siempre, llegaba veinte minutos antes del inicio de la jornada. Le gustaba ganarse ese plus de jefe de equipo, y supervisaba de forma inflexible la labor de la veintena de vigilantes de seguridad que tenía a su cargo; la mitad de ellos, auténticos holgazanes a los que había que estar metiendo cizaña para que ejecutaran satisfactoriamente sus funciones. Ese día había descansado muy bien, ya que la noche anterior la tuvo de libranza, lo cual le permitió disfrutar en su totalidad el partido que daba a su Real Madrid la ansiada Décima, ante el correoso Olimpiakos griego; al que doblegó sin dificultad. 
Al día siguiente, se levantó a las 15:00. Las noticias hablaban de un aparatosísimo accidente en el Paseo de La Castellana con decenas de vehículos implicados, acaecido esa madrugada, y del extraño comportamiento del Santo Pontífice, que celebraba una eucaristía esa misma mañana en la Meca del cristianismo: El Santuario de Lourdes. Pareciere haber sufrido alguna extraña afección catarral, o eso decían los periodistas. 
A las 17:00, recibió una llamada del jefe de servicios de la empresa de seguridad donde trabajaba. Un nuevo vigilante sería enviado esa tarde para iniciar su formación. En realidad, relevaba a un orondo guardia que tenía por costumbre dormirse en su puesto, algo que no se podía tolerar en un complejo de telecomunicaciones como aquel.
A las 18:40 aparcaba su vehículo en el garaje de la multinacional. Veinte minutos después, iniciaba el turno relevando al compañero de la mañana.
Y poco después de las 20:00, tuvo que disparar contra el Director General de la segunda compañía de telefonía móvil del país..
Tras oír una serie de alaridos en la cuarta planta, donde en aquel momento mostraba como realizar los fichajes de la ronda al novato; ambos acudieron a la carrera al despacho más egregio e importante del edificio. Observó como aquel hombre calvo y barbilampiño, de procedencia anglosajona y de parcas maneras y modales, clavaba iteradamente en el torso de su secretaria, tumbada en la gran mesa en posición decúbito, una pluma estilográfica otrora dorada, y ahora galvanizada en una sangre espesa y negruzca que empapaba la moqueta. Además, había más víctimas esparcidas por el despacho, todas pertenecientes a la empresa y brutalmente golpeadas y perforadas con aquel objeto punzante.
El novato gritó, tapándose los ojos con las manos. El Director General se percató de la presencia de los vigilantes y profiriendo un alarido gutural, se abalanzó sobre el que poseía más envergadura y le apuntaba con un arma de fuego.
Antes de disparar, el jefe de equipo pudo observar horrorizado como aquel hombre mostraba la más acérrima de las locuras en la profundidad de su mirada. Tenía gran parte de la cara y de la piel de las manos cubierta por una especie de pátina negruzca, que despedía el más nauseabundo de los hedores. De su boca emanaban hilachos de sangre, que teñían la dentadura del color de los rubís. La lengua estaba cercenada y pendía del nervio central, debido a las propias auto-dentelladas. 
Tras abrir un nuevo y espeluznante orificio en la frente de aquel mandamás, conectó la radio y envió una frecuencia de emergencia a la base, situada en el sótano.
Sólo recibió gritos de socorro, expelidos por su mano derecha en la jornada laboral. Parecía que abajo también existían graves problemas.
El novato le informó histérico sobre más gritos, provenientes de los despachos adyacentes.  
Con la máxima compostura que le permitió la situación, corrió hacia las dependencias de donde provenían los aullidos. Tuvo que disparar contra una empleada de la limpieza que estaba golpeando varios cadáveres con el palo de una fregona, con el que previamente había machacado con su extremo el contenido de todas las cuencas oculares de los interfectos.
Ella también mostraba manchas negras por la mayor parte de la epidermis visible a simple vista.
Tras contemplar asqueado el cadáver ensangrentado, decidió que volverían a la garita.
Pero tras disparar las seis últimas balas contra el mismo número de “cosas” que les atacaban e impedían seguir avanzando, apremiose en refugiarse en uno de aquellos cuartos de máxima seguridad, de los que poseía la llave maestra.
El novato estaba aterrorizado.
Tanto, que su cerebro maltratado por el cannabis y quién sabe qué otras drogas le hacía pensar en chorradas como zombis.

Pero…¿Qué demonios eran si no, y que había provocado todo ésto?

En el pasillo exterior se sucedían las carreras de empleados sanos, de vez en cuando algún infeliz pedía auxilio e intentaba abrir la puerta desde la que observaban los dos vigilantes. Poco después, era cazado por otro empleado “podrido”, como gustó de empezar a llamarlos César, al menos, mentalmente.

   —Los zombis no existen, muchacho— sentenció.
   —Muy bien, pues ya me dirás qué son esas cosas. Lo que está claro es que mañana no volveré por aquí, te lo aseguro.
   —Me importa una mierda lo que hagas mañana, capullo. Ahora sólo quiero que dejes de decir impertinencias y que hagas lo que yo ordene. Hoy soy tu superior, te guste o no.

El joven perjuró susurrando, a la vez que dejábase caer en el suelo, recostado en la grisácea pared. Acabó sentado y con la cabeza entre las rodillas, donde quedó sollozando.

César se mantuvo en la puerta, observando cómo un gerente lanzaba por la ventana a una atractiva mujer a la que previamente había amputado los brazos con una guillotina de encuadernación de informes.

Ocurriósele sacar la miniradio fm que guardaba en uno de los bolsillos de la chaqueta, y que utilizaba en las horas más tediosas de la noche. Era probable que hubiese noticias sobre lo que estaba pasando aquella extraña tarde.

“—…binete de crisis donde el gobierno aconseja a la ciudadanía no salir de sus hogares, debido al brote desconocido que está afectando a un 30 % de la población, según datos oficiales. Los mismos datos apuntan a que el primer caso ha sido detectado esta mañana en la localidad francesa de Lourdes, donde el Papa Benedicto XVI oficiaba hoy una eucaristía.
Varios miembros del hospital de la localidad han sido infectados por el primer paciente que mostró los síntomas, que antes de ser reducido por la policía, asesinó con sus manos vacías a tres doctores que le extraían muestras de sangre. Según los últimos avances, el agente que causa la pandemia que a estas horas ataca a Europa es una superbacteria, y varios expertos infieren a que ésta es producto de algún grupo terrorista, ya que hoy también se ha conocido el robo de dos cepas bacteriológicas en el HEPE (Hospital Experimental de Patologías Epónimas). 
Una de ellas ha sido identificada como “Streptococcus pyogenes” y es la causante de una enfermedad conocida como “fascitis necrotizante”.  Los expertos consultados coinciden en que las pátinas negras de los afectados corresponden perfectamente con este agente patógeno. Sin embargo, los mismos expertos no se ponen de acuerdo sobre las causas del trastorno psicológico que muestran los afectados, tales como violencia extrema; antropofagia y tendencia a la automutilación. La última opinión desde Bruselas es que la superbacteria tiende a producir elevadas cantidades de plomo, puesto que en los cadáveres analizados se ha hallado un nivel exorbitado de este metal pesado. Soy Carles Francino, y les puedo asegurar que las vistas que tengo desde esta altura de la Gran Vía madrileña no pueden ser más dantescas. Se suceden los accidentes de tráfico, se oyen alaridos; disparos; explosiones; el crujido de cristales rotos…Todo se ha tornado en un auténtico caos. Como ha aconsejado el gobierno, no salgan de sus casas y eviten contacto con todo aquel que muestre síntomas de la pandemia. Nunca hemos vivido una situación parecida y…¡Dios mío! ¡El productor de sonido! ¡Está mordiendo en un ojo a la directora de contenidos! ¡Qué alguien haga algo, por Di…—

César retiró el auricular, puesto que sólo se percibía un tumultuoso pitido.

   —Muchacho, hemos de buscar otro refugio; aquí ya no estamos seguros. Necesito más munición— ordenó sin quitar la vista del exterior.

El novato permanecía sentado en el suelo, con la cabeza entre sus rodillas.

   —¿Es qué no me has oído? ¡Levántate!— bramó, girando sobre sí mismo.

El joven siguió inmoto.

César caminó hacia su posición y le agarró de los brazos, con la pretensión de alzarlo.
De repente, el joven vigilante púsose en pie sin necesidad de ayuda alguna.
Aunque la penumbra lo bañaba todo en aquel cuarto oscuro, la luz que penetraba por el ojo acristalado de la puerta fue suficiente para que descubriera aquellos tiznes negruzcos en el cuello y bajo los párpados de su compañero. Sus ojos aparecían vidriosos y húmedos, y las pupilas estaban dilatadas al máximo.

   —¿Qué coño…?

No pudo decir más, puesto que el novato se abalanzó sobre él.

Forcejeó cuanto pudo, pero sólo reaccionó de forma adecuada al sentir un intenso dolor en la mano derecha. Le había arrancado dos dedos de un mordisco.

César gritó y se zafó de su atacante, que rodó por el suelo tras recibir un codazo en el mentón. Sacó la pistola y la agarró por el cañón, a modo de cachiporra. Aunque el dolor que le laceraba en esa mano le hizo agarrarla con la zurda. Su rival estaba arrodillado, mascando el conjunto de falangetas y falanginas que había conseguido como cena. Sin pensarlo dos veces, pateó con toda su fuerza la cara del novato, que gimió y cayó al suelo, con la nariz reventada. Sin piedad, el jefe de seguridad pisó varias veces el rostro demacrado e infectado. A continuación, desató uno de las bombonas de gas de veinte kilos de peso que descansaban en la pared, y tras alzarla desde la mitad de su base, caminó hacia donde gemía el novato, sangrando por decenas de sitios distintos de su cabeza.

   —¡Toma zombi, hijo de puta!

Y empujó hacia abajo con ubérrimas fuerzas la cilíndrica bombona, que comprimió contra el suelo todos los huesos del cráneo, quebrándolo y esparciendo masa encefálica y otros desagradables restos en derredor.

Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la puerta. Saldría de allí. Aunque bajar cuatro plantas no parecía la mejor idea. Pensó que lo más inteligente sería subir hasta la azotea, sólo a una altura de distancia. Para acceder a las escaleras que llevaban a la zona superior, únicamente había dos pasillos de distancia desde donde se encontraba.
Oteó tras el cristal de la puerta y la abrió cuando no había nadie rondando por allí.
Al hacerlo, la luz bañó sus heridas y tuvo que retirar la vista para no vomitar. Se veían los huesos de dos dedos, y ni siquiera un hombre de su rudeza podía con tan abominable visión. Aunque la situación ayudaba a preocuparse en poner pies en polvorosa, y no en las heridas de guerra. Agarró la defensa con la mano sana y salió a la carrera por el pasillo. Tras acceder al segundo corredor, escuchó varios gritos, incluso pareciole oír alguna demanda de auxilio. Mas poco le importaba. En una como éstas, preocupábale su culo, y no el de ningún chupatintas engreído como los que allí zanganeaban.
Al final del pasillo, vislumbró las escaleras, en las que había varios cuerpos decapitados. Antes de ascender, se asomó a través del tragaluz de la escalera. Alguien había lanzado por allí las cabezas que les faltaban a aquellos cuerpos.
Intentando mantener la compostura, ascendió los escalones de dos en dos y empujó la puerta antipánico con vehemencia. Y salió al exterior.
El viento soplaba del oeste racheado y con fuerza.
Y en ese instante, el Sol palideció. Era como si hubiese anochecido de pronto, aunque aún faltase una hora para que esto ocurriese.
Todo fue cayendo en la penumbra, y César se dio la vuelta, hasta que el viento chocó contra su rostro. Cuando fue consciente de lo que estaba presenciando, cayó de rodillas al suelo. Empezó a dolerle de forma horrible la cabeza.
Una gigantesca estructura metálica acababa de ocultar al astro rey, y perdiase más allá del horizonte. Millares de luces y haces cruzaban la superficie de aquel todo imposible, que iba ocultando el firmamento con una rapidez inusitada.
Pero a César dejó de preocuparle todo eso. Desde que descubrió que tenía el brazo derecho repleto de pátinas purulentas y negruzcas, dejó de preocuparle todo.
Corrió la decena de metros que había hasta la barandilla de seguridad y saltó, gritando de rabia e impotencia.
Treinta metros más abajo, halló la muerte instantánea, al romperse el cuello en la mortal caída.

La invasión se estaba produciendo, y ello soliviantó a Lamech.
Esto, y la huida miserable y cobarde de su antagonista, hiciéronlo recapacitar sobre la venganza ya iniciada. Si los “gliesens” vencían, su propia existencia se podría ver alterada. Y fue cuando decidió perdonar. 
Al fin y al cabo, los atlantes no fueron tan prósperos al desarrollo como los humanos, y eso era precisamente en lo que consistía aquel juego. Dios le había vencido. Había creado un ser mucho más efectivo que el suyo.
Mas ahora, el vencedor había huido como un roedor asustado, hacia alguna galaxia segura, probablemente, a la del Triángulo, su favorita.
¿Para qué destruir su obra, si él ya no volvería por allí?
Lamech estaba decidido a rescatarla y perfeccionarla.
Acto seguido, liberó a Jaime.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Translate